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¡Otra copa, guuuapa!
¿Por qué me tienen que tocar a mí todos los imbéciles?
Se preguntaba Sara al tiempo que le servía la copa al susodicho.
El día como otros muchos comenzó muy temprano, tanto que tan solo consiguió
dormir un par de horas tras su agotadora jornada de trabajo del día anterior y
desde entonces se encontraba colocando y limpiando la vivienda donde residía.
Tras la pertinente ducha y un frugal desayuno, encaminó sus pasos hacia la
residencia geriatría de la ciudad donde realizaba sus practicas, sin ningún
tipo de remuneración buscar a los abuelos para ponerlos en forma con una suave sesión
de gimnasia. De aquí salía hacia el medio día para comer en su domicilio,
terminar de recoger ropas y de más enseres dejados del día anterior sin colocar,
para tras una pequeña siesta, al atardecer dirigir sus atormentados pies hacia
el pequeño bar situado en el paseo marítimo. Este era regentado por un tio suyo
desde hacia bastante tiempo y aquí lo mismo ponía copas, que barría, que
fregaba que ponía música y en fin todo lo que el local exigiera.
Los últimos días, un
pensamiento mortificaba su mente sin freno alguno, la mirada de unos ojos
azules como el mar de su adorada tierra. La mirada pertenecía a un
extraño que llego a última hora de la noche, le pidió una copa y en el más
absoluto silencio se tomo esta, mientras observaba el trajinar de ella con los
vasos de un lado al otro de la barra, de manera furtiva. Al pagarle este la
miro a los ojos dulcemente mientras le decía.
-Gracias Sara....aunque tu mirada no recuerde la mía.
Acto seguido se marcho como una leve y cálida brisa de septiembre,
envolviéndola con la mirada. Antes de que Sara pudiera reaccionar, este se había
evaporado como el humo de un cigarrillo, quedando la duda y la
pregunta en los labios humedecidos por el agua recién tomada por
esta.
Las siguientes noches tras la barra, su mirada barría el
local de manera incesante, buscando con una cierta desesperación al extraño de
ojos azules, al compás del martilleo de la frase por este, dicha en su
despedida
Cuando se acostaba en la soledad de su habitación, el mismo sueño
se repetía de manera incesante, embriagadora y cautivadora, dulce y sensual
como el beso robado a un amor imposible. Un cálido placer recorría su cuerpo
para despertar de manera agitada y sobresaltada.
A la semana justa del incidente, un periódico termino entre sus
manos de manera fortuita, hojeando este con desgana y sin prestarle mucha atención.
Hacía la mitad de este una fotografía en particular le llamo la atención, por
lo aparatoso del accidente en ella reflejada. Se contaba al margen de esta la
noticia de la muerte de un individuo en una colisión un tanto dudosa y con una explicación
difícil de asimilar, puesto mas parecía un suicidio que un accidente. Tanto el
ocupante como el vehículo iban indocumentados, habían comentado los agentes que
asistieron en un primer momento a los periodistas que pidieron una primera valoración
del suceso. Bajo la noticia otra fotografía del conductor fallecido. El impacto
que recibió Sara al ver la imagen y en ella esa mirada fue brutal, en tanto un
recuerdo luchaba en su cerebro por salir a flote.
Aturdida entro en su habitación de manera casi mecánica e inconsciente,
sacando una vieja caja de madera, ajada y de aspecto bastante antigua. Esta perteneció
a su abuela y la guardaba con cariño como recuerdo en el altillo. La deposito
sobre la cama como si de la mas preciada joya se tratara abriéndola con una
cierta aprensión y rebusco entre su contenido, hasta encontrar un pequeño
anillo de plata, abollado y ennegrecido por el paso del tiempo. Lo tomo entre
sus manos con delicadeza, para limpiarlo con un cierto esmero y poder ver la inscripción
en le interior de este. Una lagrima solitaria de dolor, rodó por su mejilla al
leer el nombre allí inscrito.
JOSE
Este era el nombre de la persona de la mirada de ojos
azules como el mar, era el niño que una tarde de verano le prometía amor eterno,
eran dos niños naciendo al amor.