miércoles, 2 de enero de 2013

Sorpresa inesperada.


    La carretera serpenteaba entre bosques absolutamente cerrados, que con la llegada de la noche daban un aire tétrico al lugar por donde esta pasaba. Los potentes faros del coche   parecían dos linternas,  porque la luz proyectada parecía tragársela la gran cantidad de arboles y follaje que le rodeaba. Desde hacía dos horas, Alberto tenía la mirada concentrada en el frente, sin permitirse ni un solo segundo de distracción, en previsión de que algún animal se cruzara en su camino y pudiera provocar un accidente del cual no saliera muy bien parado.                                                                                                                                                                                     
    Por unos minutos su mente se distrajo pensando en la carta recibida días atrás, en la que se requería su presencia en una finca de una población tan pequeña, que incluso le costó trabajo localizarla en los mapas. En la carta se le hacía saber que era partícipe de parte de la herencia de un familiar del cual no tenía constancia y que, según investigo, marchó años atrás a las Américas en busca de fortuna. A este parece ser que ésta le sonrió, consiguiendo reunir un capital bastante considerable que pasó a manos de su viuda, una indiana bastante más joven que éste y que no volvió a casarse tras la muerte de su esposo. Por mucho que intentó buscar y rebuscar  en diversos estamentos oficiales, su búsqueda no fue a más, quedándose en estos simples datos. La acuciante falta de liquidez bancaria era lo que le impulsó a emprender este viaje, sin saber si le reportaría algo a sus vacíos bolsillos. La separación de su exmujer, aparte de traumática, le había sumergido en un auténtico pozo sin fondo a nivel monetario, una autentica sanguijuela que no paraba de sacarle dinero por el más mínimo trabajo que realizara, en su profesión de escritor.
En estos pensamientos andaba, cuando un enorme ciervo salto la carretera unos metros delante del coche, obligándole a realizar un frenazo en seco así como un volantazo  para tratar de esquivar al animal. El resultado fue  que terminó en la cuneta de una carretera solitaria, con las ruedas delanteras dentro de un socavón y el susto en el cuerpo. Durante los siguientes minutos se dedicó a tratar de serenarse y tras bajarse del vehículo y analizar la situación, comprendió que sería imposible sacarlo de allí por sus propios medios. Abrió la puerta trasera de donde cogió una cazadora para abrigarse, pues parecía que la niebla comenzaba a hacer acto de presencia y después recuperó el teléfono móvil que con el pequeño percance termino  al  otro lado del habitáculo. Dispuesto a llamar a la grúa para que le sacara del pequeño atolladero en que se hallaba, se percató de que en aquellos parajes la cobertura del móvil era  nula totalmente, subiéndole un acceso de ira incontrolado por una negligencia suya, se puso a jurar y perjurar despotricando por la mala suerte que por momentos parecía haberle llegado en el momento más inoportuno. Volvió a introducirse en el coche tratando de refugiarse del frío nocturno y tratar de analizar la situación,  para determinar que hacer cuando su mirada se fijo en el G.P.S. que le indicaba que se hallaba a solo tres kilómetros de su punto de destino. Sin pensárselo dos veces, recogió una pequeña bolsa de viaje con el poco equipaje que llevaba y cerrando el coche se encaminó con premura hacia lo que debía ser un chalet, cortijo o lo que demonios fuera, donde estaba citado. Sin más luz que una pequeña linterna y con una niebla que parecía atravesarle hasta el fondo de los huesos, solamente resonaban sus pasos y algún que otro ruido indefinido que le llenaba de intranquilidad por momentos y que a pesar de ser un tipo decidido y de complexión atlética, le llenaba de un cierto temor. Tras quince interminables minutos y tras una curva, una cancela con el nombre de la finca en un cartel situado a su derecha, parecía ser la entrada que andaba buscando. Esta se encontraba abierta y al fondo del camino una pequeña mansión tenuemente iluminada, el destino final al que tanto deseaba llegar.                                                                                                                                        A pesar de la gélida noche, llego empapado en sudor, un sudor frío como el ambiente que allí se respiraba, tan lúgubre como una película de terror  del que parecía sentirse la primera víctima. Un llamador simulando una mano cerrada, daba la sensación de ser  el timbre de la morada y al cual agarrándolo fuertemente, dio dos golpes con decisión. Nada parecía escucharse en el interior a pesar de estar iluminada alguna de las estancias pero tras dos minutos de espera,  el chasquido de una cerradura le confirmó que no se encontraba  solo en el lugar.                        
   -Buenas noches. ¿Qué desea usted?                                                                             
   -Hola buenas  noches. Mi nombre es Alberto Fernández  y venía a….                                     
   -Perdóneme usted  Don Alberto por  no haberle reconocido.                                                   
  El sujeto con cara de muerto viviente que le recibió, no le dejó ni terminar la frase. La faz de este tenía un tono macilento, como si le acabaran de sacar de una tumba.  Sus ojos denotaban una mirada fría y calculadora, como si tratara de adivinar el pensamiento de su interlocutor pero sus gestos por el contrario, trataban de demostrar una calidez falsa por mucho que lo intentara.
   -Pase por favor. La noche no invita a estar a la intemperie por mucho tiempo con esta niebla tan espesa que se presentó.              
    El interior de la vivienda tampoco transmitía mucho calor, con una decoración anclada en el siglo pasado, una pésima iluminación así como un ambiente tan lúgubre como una película de terror. La persona que le recibió de nombre Teófilo, nombre tan poco corriente como su portador, le indicó que le siguiera al piso superior donde le mostro una habitación para que dejara sus enseres. 
   -Disculpe por mi curiosidad… ¿Cómo llegó usted hasta aquí? Se lo pregunto porque ni vi, ni sentí ningún vehículo.
   -Por desgracia sufrí un pequeño percance, una salida de carretera para ser más exactos, a unos tres kilómetros de aquí cuando un ciervo de considerable  tamaño se cruzó en mi camino. Por suerte todo quedo en un simple susto y el coche en un pequeño socavón del que me fue imposible sacarlo.
   -No se preocupe Alberto. Mañana por la mañana me ocuparé personalmente de ello. Ahora si quiere ducharse y descansar un rato, le dejare a solas para que se ponga usted cómodo. En una hora se servirá la cena. El señor de la casa, Don Andrés,  le esperara mientras tanto en la biblioteca,  situada a la derecha de la escalera en la planta baja. Si me disculpa seguiré con mis tareas mientras tanto.
   -Gracias Teófilo.
   Una vez solo inspeccionó la habitación donde se encontraba, amplia y con un ventanal tan  grande que ocupaba casi toda una pared. El baño estaba a los pies de la cama ocupando la otra pared un inmenso armario, todo eso si, con mismo tipo de mobiliario visto en la parte de abajo. Saco la escasa ropa que llevaba en el bolso de viaje,  colgándola de las perchas situadas en el armario y marchándose después hacia el baño con rapidez. El agua caliente parecía llenarle del vigor perdido tras la caminata nocturna, cuando un sonido un tanto peculiar atrajo su atención. Cerró el grifo y presto atención por si volvía a oírlo pero tras un rato de tensa calma pensó que no era más que una mala pasada de su imaginación. Mientras se secaba el cuerpo con rapidez, intentando no quedarse frio, en su cabeza se amontonaban los pensamientos sobre la situación en la que se encontraba. Desde luego, el lugar no se lo recomendaría a ningún amigo. Una sensación continua le acompañaba desde el primer momento en que entró en la vivienda y esta era la de sentirse observado. Aseado y vestido decidió bajar para conocer a su anfitrión, pero al cerrar la puerta de nuevo el sonido que le pareció escuchar  en la ducha le llego a sus oídos, de manera casi imperceptible.
   Tratando de olvidar esta sensación,  se encamino hacia la biblioteca con animo de conocer al dueño de tan extraña morada. Al entrar en esta Andrés hojeaba un volumen de pie junto a la chimenea, de la que partía un agradable calorcillo.
   -Un placer conocerle  Alberto. Ya me comento Teófilo el percance sufrido durante su viaje. Espero que todo quede en una simple anécdota.
   -Igualmente Andrés. Espero que así sea.
   -¿Desea tomar una copa? Con estos fríos quizás un poco de coñac le venga bien.
   -Sí, gracias. Quizás me sirva para entrar en calor.
Durante los siguientes quince minutos se dedicaron a hablar sobre trivialidades de la vida, aunque  Alberto se dio cuenta de que su interlocutor parecía  muy interesado en las  enfermedades que este padeció a lo largo de su vida. Cada vez se sentía mas intrigado por la gente que habitaba este lugar tan apartado de cualquier población.
   -Bueno Alberto; tendrá usted interés en saber el motivo de mi carta y de la parte que le correspondería como heredero de su familiar ¿no?
   -En parte sí, aunque me desveló el secreto por anticipado. Para serle sincero me gustaría saber de que cantidad aproximadamente estaríamos hablando.
   -Pasemos a mi despacho si no le importa, pues allí tengo toda la documentación.
Al levantarse Alberto del sillón en el que estaba sentado, sintió una leve sensación de mareo que atribuyo al coñac, por no estar muy acostumbrado a las bebidas alcohólicas. Marcho tras Andrés al despacho  y se acomodó en un sillón de aspecto bastante cómodo,  dispuesto a escuchar lo que el abogado como representante legal, tenía que comunicarle. 
   -Vayamos por partes Alberto. Como usted sabrá,  solamente el notario tiene la facultad de poder abrir el testamento. Como albacea sí que le puedo comunicar los bienes de que disponía la difunta esposa de su pariente.
   A medida que el albacea  hablaba, un dulce y embriagador sueño  se apoderaba de él, quedándose profundamente dormido ante Andrés sin llegar a ser consciente de ello.
   El albacea tras mirarlo durante unos minutos, se levantó del sillón en el que se hallaba, y tras abrir la puerta del despacho encaminó sus pasos hacia la cocina donde Teófilo aguardaba la llamada de su señor.
   -Es el momento de recoger al huésped y trasladarlo a su nuevo aposento.
   -Ahora mismo señor.
   Teófilo sacó de un armario una carretilla y con rapidez se marcho al despacho de donde recogió a Alberto profundamente dormido. Con mucho trabajo trasladó a éste al sótano sobre su espalda,  donde tenía una cama con grilletes situados  a ambos lados de ésta y  en la pared, justo por encima de la cabeza .Desde lo alto de la escalera Andrés observaba con atención las manipulaciones de su empleado con atención, dándole las indicaciones oportunas para que todo quedara como él quería. Acto seguido dejaron allí a Alberto y se retiraron a la parte de arriba.
    Los parpados le pesaban como losas de cemento, sumido en un aletargamiento del que le costaba salir. Al intentar restregarse los ojos, fue cuando noto que las muñecas estaban sujetas a la cama, impidiéndole cualquier movimiento con los brazos. Lo último que recordaba era estar sentado frente al albacea en un despacho y ahora no sabía donde se encontraba. Un pánico aterrador le entró por todo su cuerpo, a oscuras y atado como un animal listo para el matadero.
   -¿Hay alguien ahí? ¡Por favor ayúdenme!
El silencio y la oscuridad en que se encontraba era lo más parecido a una tumba. Todavía con la cabeza  embotada, intentaba discernir por que estaba allí y en esa situación. Las preguntas se acumulaban en su mente al mismo tiempo que su nerviosismo.
   No sabía el tiempo que llevaba así: dos horas, tres, cuatro… cuando sintió que una puerta se abría en alguna parte de la estancia, entrando alguien y conectando una potente luz que le cegó por momentos. La persona se situó a los pies de la cama esperando a que  recuperara la visión para comenzar a hablarle y explicarle su situación, con una frialdad más propia de un asesino sin escrúpulos que de alguien normal.
   -Se preguntará qué hace aquí; pero solo le diré una cosa. Si usted se porta bien saldrá de aquí con vida, en caso contrario le garantizo que no me importaría absolutamente nada matarle y nadie se preocupará por su paradero.
   -Pero ¿Por qué? ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Quiénes son ustedes realmente? ¿Puede explicarme algo por Dios?
   -Le repito que trate de comportarse bien y no pregunte. En un rato le bajare algo para comer. Le soltare una mano para que pueda manejarse y espero que no trate de jugármela, por que le juro que se arrepentirá.
   Acto seguido Teófilo libero su mano derecha se giró y volvió por donde había venido, quedando la luz encendida.
¿Comida? ¿Cuántas horas había dormido?, pensó durante unos segundos volviendo a envolverle la angustia, cuando se abrió la puerta bajando en esta ocasión los dos siniestros personajes ya conocidos por él. Traían varios platos de comida, una fruta y una jarra con agua.
   -Aquí le dejamos comida. Puede comer con tranquilidad que no tiene nada extraño. Se lo digo por la cara de escepticismo que me esta mostrando ahora mismo.
   -Como usted comprenderá la situación en la que me encuentro, como si de un animal enjaulado y preparado para ser sacrificado, no es lo más normal.
   -De momento está vivo y sin ningún tipo de maltrato. Puede darse por satisfecho.
   Tras esta pequeña y nada esclarecedora conversación, volvieron a dejarle a solas. Comió con desgana dándole vueltas a la situación y si saber el porqué estaba allí y qué querían de él.
   Una hora después aproximadamente  escucho una serie de voces, una disputa o algo parecido. Con los cinco sentidos puestos trató de captar algo de lo que vociferaban entre ellos.
   -¡¡ Es un peligro mantenerlo aquí!! Si nos descubren no saldremos de la cárcel en la puta vida. Lo mejor es liquidarlo y enterrarlo donde está el otro cuerpo.
   -¡¡Tenemos que mantenerlo vivo un par de días o tres más, te guste o no!! Aun están removiendo en Madrid lo del albacea. No creí que el listillo de las narices, nos fuera a dar tantos quebraderos de cabeza.
Las voces se fueron calmando y alejando por lo que no escucho nada más, pero solo con estas  palabras sacó  conclusiones nada  halagüeñas. La primera: “de aquí no saldré con vida si no consigo liberarme como sea” La segunda: “Estos individuos no son quienes dicen ser y  mataron al verdadero albacea ocupando su puesto” y la tercera:” No sé que quieren de mi, para que se atrevan a asesinar a dos personas a sangre fría”.
   Tratando de calmarse inspeccionó el lugar y la forma de liberarse de la atadura que lo mantenía sujeto a la cama. La habitación tenía una  ventana  muy pequeña y tapiada por la que no entraba ni el más mínimo resquicio de luz, por lo demás era muy aséptica, sin más muebles ni ornamentos que un orinal bajo la cama y los platos antes dejados por  sus captores.
    Notó una casi imperceptible vibración en el bolsillo del pantalón, que le llevo a recordar que tenía el móvil. Con mucho trabajo, pues este estaba en el bolsillo contrario de la mano liberada, consiguió hacerse con él, sin muchas esperanzas de poder usarlo por la falta de cobertura. La indicación de ésta mostraba una raya oscilante que aparecía y desaparecía, mostrándose inestable al máximo. Marco el número de la policía una y otra vez sin ningún resultado. Lo mismo intentó con su mejor amigo pero obtuvo el mismo resultado, por lo que no sabía a quien llamar para que le sacaran de allí. Como último recurso  le mando un mensaje a su exmujer o así creía,  pues en  el momento justo de darle a la tecla de mandarlo, Teófilo le arranco el móvil  de las manos ya que se dio cuenta de lo que tramaba y bajando muy sigilosamente para no ser escuchado, con un golpe seco lo estrello contra la pared.
   -¡Maldito cabrón! Esto lo vas a pagar muy caro.
   Le golpeó una y otra vez con precisión en la cara, en el estomago, en las costillas. Atado como estaba poco podía hacer,  no siendo mas que un guiñapo en manos de su captor. Perdió la consciencia en uno de los golpes, pensando que moriría allí mismo.
   -¡Para imbécil!, que lo vas a matar
   -¡Lo pillé intentando llamar con el teléfono móvil! Tú eres el único culpable por no registrarle antes de bajarle aquí.
   -¡Joder destrozaste el teléfono y ahora no sabemos si logró hablar con alguien!
   -Que más da. Lo matamos y lo enterramos. Punto.
   -Necesitamos que firme la documentación y todos los papeles necesarios para poder hacernos con el dinero. Cada día piensas menos. Desátalo y trataremos de curarle esa muñeca. Le quedó desollada y no creo que sea capaz de poder firmar, por lo que ahora la operación se retrasará unos días.
   Andrés se marchó jurando en arameo a buscar medicinas para curar a Alberto. Entre tanto Teófilo se dedicó a desatarlo para tal menester. La verdad era que este después de la paliza, quedó en un estado lamentable, aunque su vida no corriera peligro.
   De lo primero que tuvo noción era que le dolía tanto todo el cuerpo, que no podía ni moverse por mucho que quisiera. Tan solo las piernas parecían haberse librado de ser molidas por el salvaje que le miraba desde la silla, con la misma cara de cadáver que recordaba de su primer encuentro. No esta muy seguro de como tendría la cara pero simplemente con saber que por un ojo no veía y por el otro veía a medias, se la imaginaba
     A pesar de todo, su cabeza parecía seguir funcionando correctamente y lo que le vino a ella, era seguir buscando la manera de escapar de sus captores. Quería aprovechar  su libertad de movimientos con la mano para intentar anular primero a uno y después al otro. Durante el resto del día bajaron  primero uno y después el otro, intentando convencerle para que firmara unos documentos con la advertencia de volver a repetir el castigo nuevamente. Supuestamente llego la noche por que dejaron de visitarlo, se soltó la otra mano y  a pesar del dolor logró llegar a la puerta de la habitación, situándose tras ella armado con un trozo del plato de porcelana  que anteriormente había roto. Sus ojos se cerraban lentamente, cuando escucho unos pasos que se dirigían allí. Armándose de coraje para soportar el dolor que le abrumaba, se colocó en cuclillas tras la puerta con el cuerpo en tensión y una vez abierta esta, sin mirar prácticamente, clavó el precario cuchillo construido a la altura del abdomen. La herida no era mortal pero entre esta y la caída sufrida escaleras abajo por el ataque, Teófilo quedo malherido e inconsciente al final de estas.                                                                                         
   Alberto estaba exhausto por el esfuerzo realizado, pero no podía parar un segundo si quería salir de allí. Comprobó  el estado del delincuente y viendo que no moriría por las heridas, le ató las  muñecas con algunas vendas que habían dejado junto a la cama. Tras unos segundos de resuello, retomo el camino de vuelta hacia lo alto de la escalera con la esperanza de que Andrés no apareciera mientras tanto. La puerta continuaba abierta cuando llego a ella, bañado en sudor por el esfuerzo realizado. Se asomó con precaución, saliendo del cuarto y cerrándola con la llave que seguía puesta en ella. Unos pasos resonaban en la planta de arriba, inquietándolo ante la aparición del supuestamente cerebro de la operación. Miró desesperado un lugar donde esconderse cuando resonó la voz de Andrés.
   -Teófilo ¿Dónde estas?.... ¡¡ Teófilooo!!
   El corazón de Alberto latía a mil por hora, en tensión esperando el momento del encuentro con Andrés. Finalmente decidió esconderse en el hueco situado bajo las escaleras que llevaban a la planta superior, situado a unos tres metros de la puerta que acababa de cerrar.
   -Qué diablos estará haciendo este imbécil…-rezongaba Andrés entre dientes, comenzando a bajar los  escalones.                            
   -¡Abre la puerta Teófilo! Gritó al comprobar que la puerta se encontraba cerrada con llave.
   En este momento Alberto salió con rapidez de su escondrijo, portando como arma una estatuilla de porcelana con la que golpeo al malhechor en la cabeza, quedándolo atontado.  Con la adrenalina a tope, le golpeo nuevamente haciéndose pedazos la figura, al tiempo que la cabeza de Andrés comenzaba a sangrar en abundancia. Como hizo anteriormente con el otro, le ató las muñecas con lo primero que encontró, un trozo de alambre que simulaba ser el tallo de una planta de plástico. Se sentó en el suelo junto al inconsciente, tomándose unos minutos de descanso para recuperar fuerzas y pensar que hacer a continuación. La primera idea que le vino a la mente fue la de ir en busca de la policía pero dado su estado y que no tenia coche, pensó que quizás podría sacarles mas información antes de entregarlos a esta. Se dedico a buscar un baño o la cocina donde poder refrescarse y tomar un trago de agua, ahora que a sus oponentes los tenía controlados.
   -Espero que tengas ganas de hablar Andrés o como te llames de verdad, por que te juro que te matare si no empiezas a “cantar” de inmediato. – La adrenalina seguía en pleno apogeo-. Seguro que nadie os echara de menos. Tu compinche no te puede ayudar si estas pensando en el y tu no paras de sangrar. Responde rápido por que no me importaría dejaros aquí atados.
   -Vale, vale. Es un encargo realizado por teléfono.
   -¿Quién es la persona? ¿Como se llama?
   -No lo se, fue por teléfono y no la vi.
   -¿La? ¿Quieres decir que fue una mujer?
   -Creo que si, aunque,… aunque…-En ese momento Andrés se desmayo nuevamente.
   Alberto pensó que seria mejor curarlo, pues en sus ideas no entraba el asesinato por mucho que intentara ponerse en plan duro. Después de curarle la herida y aprovechando que seguía en los brazos de Morfeo, registro sus bolsillos encontrando un teléfono móvil. Busco las ultimas llamadas sin esperanzas de encontrar nada que le diera alguna pista, llevándose una sorpresa monumental que le dejó noqueado durante unos minutos.
   -¡Despierta Andrés! ¡Despierta de una vez joder! Dime a quien pertenece este número.
   -No se. No recuerdo ahora mismo…. Creo que a la persona que nos encargo el trabajo.-chillo al notar la hoja del cuchillo presionando en su cuello.
    -¿Qué sacabais a cambio del mismo? ¿Cuanto os pagan?
   -Doce mil euros para cada uno.
   -En pie. Levántate y camina delante de mí.
   Acto seguido le llevó al sótano donde le obligo a entrar a punta de cuchillo, cerrando la puerta nuevamente para estar más seguro. El ruido de un coche al llegar a la finca, le puso otra vez en alerta como si de un felino se tratara presto a saltar sobre su victima. Con mucho cuidado se asomo tras las cortinas y si antes se llevó una sorpresa, la de ahora no hizo más que superarlas, por increíble que le pareciera. Se escondió tras la puerta y aguardo a que llamara el nuevo visitante armado con el cuchillo, pensando en como actuar a continuación.
   Llamaron a la puerta y espero diez segundos antes de abrir esta sin dejarse ver e invitando a entrar a la persona al interior, simulando la voz de Andrés. Antes de darse cuenta esta tenía el cuchillo situado en su garganta, mezclándose su indignación, su pánico y como no, su asombro ante el sujeto que le tenía a su merced.
   -¡Quizás no esperaras esto, pero mucho menos me lo imaginaba yo!
   -Espera un momento. ¿Qué significa esto? ¡No entiendo nada!
   -La policía se encargara de aclarar esto, aunque tendremos que esperar a que vengan a sacar del sótano a tus subordinados. Ellos posiblemente estén mas dispuestos a colaborar que tu, si con ello consiguen una reducción en la pena que les imponga el juez por asesinato y secuestro.
   -Te vuelvo a decir que no tengo ni idea de que me hablas. Yo estoy aquí por que  Lorena, tu exmujer, me cito en este lugar con intención de pasar el fin de semana, cosa que me extraño pues yo ni sabia que existía.
   -Es igual Luis. Date la vuelta ahora mismo o te juro que no sales vivo de aquí. Vamos al coche   y no trates de hacerte el valiente.
   Con la tensión dentro del cuerpo se metieron en el coche, situándose Luis al volante y Alberto a su derecha,  sin perderle ni por un segundo de vista. Tomaron el camino en dirección al pueblo más cercano situado a unos cuarenta kilómetros de donde estaban. Durante el trayecto Luis seguía tranquilo y confiado, cosa que extrañaba dadas las circunstancias en que se encontraban, haciendo dudar a Alberto de si estaría  en lo cierto. Una vez en el cuartel de la Guardia  Civil se expuso el caso, quedando ambos bajo custodia hasta aclararse la situación al día siguiente.
    Habían pasado quince días de los hechos ocurridos,  cuando una llamada de su abogado le puso al corriente de la situación.
   -¿Alberto?
   -Si que hay Javier ¿Qué ocurre?
   -Según las investigaciones hasta el momento efectuadas, la persona que invento toda la trama fue tu exmujer, queriendo eliminar a su actual pareja Luis para quedarse con la fortuna que te legó tu familiar.
   -Pero…pero… No puede ser posible. Lorena es ambiciosa,  pero no hasta esos extremos.
   -¿Ni por cien millones de euros?
   -¡¡ ¿Cómo?!!
   -Si Alberto, cien millones de euros. Por ese dinero algunos venderían su alma al diablo.