La
carretera serpenteaba entre bosques absolutamente cerrados, que con la llegada
de la noche daban un aire tétrico al lugar por donde esta pasaba. Los potentes
faros del coche parecían dos linternas, porque la luz proyectada parecía tragársela
la gran cantidad de arboles y follaje que le rodeaba. Desde hacía dos horas,
Alberto tenía la mirada concentrada en el frente, sin permitirse ni un solo
segundo de distracción, en previsión de que algún animal se cruzara en su
camino y pudiera provocar un accidente del cual no saliera muy bien
parado.
Por
unos minutos su mente se distrajo pensando en la carta recibida días atrás, en
la que se requería su presencia en una finca de una población tan pequeña, que
incluso le costó trabajo localizarla en los mapas. En la carta se le hacía
saber que era partícipe de parte de la herencia de un familiar del cual no
tenía constancia y que, según investigo, marchó años atrás a las Américas en
busca de fortuna. A este parece ser que ésta le sonrió, consiguiendo reunir un
capital bastante considerable que pasó a manos de su viuda, una indiana
bastante más joven que éste y que no volvió a casarse tras la muerte de su
esposo. Por mucho que intentó buscar y rebuscar
en diversos estamentos oficiales, su búsqueda no fue a más, quedándose
en estos simples datos. La acuciante falta de liquidez bancaria era lo que le
impulsó a emprender este viaje, sin saber si le reportaría algo a sus vacíos
bolsillos. La separación de su exmujer, aparte de traumática, le había
sumergido en un auténtico pozo sin fondo a nivel monetario, una autentica
sanguijuela que no paraba de sacarle dinero por el más mínimo trabajo que
realizara, en su profesión de escritor.
En estos pensamientos andaba, cuando un
enorme ciervo salto la carretera unos metros delante del coche, obligándole a
realizar un frenazo en seco así como un volantazo para tratar de esquivar al animal. El
resultado fue que terminó en la cuneta
de una carretera solitaria, con las ruedas delanteras dentro de un socavón y el
susto en el cuerpo. Durante los siguientes minutos se dedicó a tratar de
serenarse y tras bajarse del vehículo y analizar la situación, comprendió que
sería imposible sacarlo de allí por sus propios medios. Abrió la puerta trasera
de donde cogió una cazadora para abrigarse, pues parecía que la niebla
comenzaba a hacer acto de presencia y después recuperó el teléfono móvil que
con el pequeño percance termino al otro lado del habitáculo. Dispuesto a llamar
a la grúa para que le sacara del pequeño atolladero en que se hallaba, se
percató de que en aquellos parajes la cobertura del móvil era nula totalmente, subiéndole un acceso de ira
incontrolado por una negligencia suya, se puso a jurar y perjurar despotricando
por la mala suerte que por momentos parecía haberle llegado en el momento más
inoportuno. Volvió a introducirse en el coche tratando de refugiarse del frío
nocturno y tratar de analizar la situación,
para determinar que hacer cuando su mirada se fijo en el G.P.S. que le
indicaba que se hallaba a solo tres kilómetros de su punto de destino. Sin pensárselo
dos veces, recogió una pequeña bolsa de viaje con el poco equipaje que llevaba
y cerrando el coche se encaminó con premura hacia lo que debía ser un chalet,
cortijo o lo que demonios fuera, donde estaba citado. Sin más luz que una
pequeña linterna y con una niebla que parecía atravesarle hasta el fondo de los
huesos, solamente resonaban sus pasos y algún que otro ruido indefinido que le
llenaba de intranquilidad por momentos y que a pesar de ser un tipo decidido y
de complexión atlética, le llenaba de un cierto temor. Tras quince interminables
minutos y tras una curva, una cancela con el nombre de la finca en un cartel
situado a su derecha, parecía ser la entrada que andaba buscando. Esta se
encontraba abierta y al fondo del camino una pequeña mansión tenuemente
iluminada, el destino final al que tanto deseaba llegar.
A pesar de la gélida noche, llego empapado en sudor, un sudor frío como
el ambiente que allí se respiraba, tan lúgubre como una película de terror del que parecía sentirse la primera víctima.
Un llamador simulando una mano cerrada, daba la sensación de ser el timbre de la morada y al cual agarrándolo
fuertemente, dio dos golpes con decisión. Nada parecía escucharse en el
interior a pesar de estar iluminada alguna de las estancias pero tras dos
minutos de espera, el chasquido de una
cerradura le confirmó que no se encontraba
solo en el lugar.
-Buenas noches. ¿Qué desea usted?
-Hola buenas noches. Mi nombre es
Alberto Fernández y venía a….
-Perdóneme usted Don Alberto
por no haberle reconocido.
El
sujeto con cara de muerto viviente que le recibió, no le dejó ni terminar la
frase. La faz de este tenía un tono macilento, como si le acabaran de sacar de
una tumba. Sus ojos denotaban una mirada
fría y calculadora, como si tratara de adivinar el pensamiento de su
interlocutor pero sus gestos por el contrario, trataban de demostrar una
calidez falsa por mucho que lo intentara.
-Pase por favor. La noche no invita a estar a la intemperie por mucho
tiempo con esta niebla tan espesa que se presentó.
El
interior de la vivienda tampoco transmitía mucho calor, con una decoración
anclada en el siglo pasado, una pésima iluminación así como un ambiente tan
lúgubre como una película de terror. La persona que le recibió de nombre
Teófilo, nombre tan poco corriente como su portador, le indicó que le siguiera
al piso superior donde le mostro una habitación para que dejara sus
enseres.
-Disculpe por mi curiosidad… ¿Cómo llegó usted hasta aquí? Se lo
pregunto porque ni vi, ni sentí ningún vehículo.
-Por
desgracia sufrí un pequeño percance, una salida de carretera para ser más
exactos, a unos tres kilómetros de aquí cuando un ciervo de considerable tamaño se cruzó en mi camino. Por suerte todo
quedo en un simple susto y el coche en un pequeño socavón del que me fue
imposible sacarlo.
-No
se preocupe Alberto. Mañana por la mañana me ocuparé personalmente de ello.
Ahora si quiere ducharse y descansar un rato, le dejare a solas para que se
ponga usted cómodo. En una hora se servirá la cena. El señor de la casa, Don
Andrés, le esperara mientras tanto en la
biblioteca, situada a la derecha de la
escalera en la planta baja. Si me disculpa seguiré con mis tareas mientras
tanto.
-Gracias Teófilo.
Una
vez solo inspeccionó la habitación donde se encontraba, amplia y con un
ventanal tan grande que ocupaba casi
toda una pared. El baño estaba a los pies de la cama ocupando la otra pared un
inmenso armario, todo eso si, con mismo tipo de mobiliario visto en la parte de
abajo. Saco la escasa ropa que llevaba en el bolso de viaje, colgándola de las perchas situadas en el
armario y marchándose después hacia el baño con rapidez. El agua caliente
parecía llenarle del vigor perdido tras la caminata nocturna, cuando un sonido
un tanto peculiar atrajo su atención. Cerró el grifo y presto atención por si
volvía a oírlo pero tras un rato de tensa calma pensó que no era más que una
mala pasada de su imaginación. Mientras se secaba el cuerpo con rapidez,
intentando no quedarse frio, en su cabeza se amontonaban los pensamientos sobre
la situación en la que se encontraba. Desde luego, el lugar no se lo
recomendaría a ningún amigo. Una sensación continua le acompañaba desde el
primer momento en que entró en la vivienda y esta era la de sentirse observado.
Aseado y vestido decidió bajar para conocer a su anfitrión, pero al cerrar la
puerta de nuevo el sonido que le pareció escuchar en la ducha le llego a sus oídos, de manera
casi imperceptible.
Tratando de olvidar esta sensación,
se encamino hacia la biblioteca con animo de conocer al dueño de tan
extraña morada. Al entrar en esta Andrés hojeaba un volumen de pie junto a la
chimenea, de la que partía un agradable calorcillo.
-Un
placer conocerle Alberto. Ya me comento
Teófilo el percance sufrido durante su viaje. Espero que todo quede en una
simple anécdota.
-Igualmente Andrés. Espero que así sea.
-¿Desea tomar una copa? Con estos fríos quizás un poco de coñac le venga
bien.
-Sí,
gracias. Quizás me sirva para entrar en calor.
Durante los siguientes quince minutos se
dedicaron a hablar sobre trivialidades de la vida, aunque Alberto se dio cuenta de que su interlocutor
parecía muy interesado en las enfermedades que este padeció a lo largo de
su vida. Cada vez se sentía mas intrigado por la gente que habitaba este lugar
tan apartado de cualquier población.
-Bueno Alberto; tendrá usted interés en saber el motivo de mi carta y de
la parte que le correspondería como heredero de su familiar ¿no?
-En
parte sí, aunque me desveló el secreto por anticipado. Para serle sincero me
gustaría saber de que cantidad aproximadamente estaríamos hablando.
-Pasemos a mi despacho si no le importa, pues allí tengo toda la
documentación.
Al levantarse Alberto del sillón en el que
estaba sentado, sintió una leve sensación de mareo que atribuyo al coñac, por
no estar muy acostumbrado a las bebidas alcohólicas. Marcho tras Andrés al
despacho y se acomodó en un sillón de
aspecto bastante cómodo, dispuesto a
escuchar lo que el abogado como representante legal, tenía que
comunicarle.
-Vayamos por partes Alberto. Como usted sabrá, solamente el notario tiene la facultad de
poder abrir el testamento. Como albacea sí que le puedo comunicar los bienes de
que disponía la difunta esposa de su pariente.
A
medida que el albacea hablaba, un dulce
y embriagador sueño se apoderaba de él,
quedándose profundamente dormido ante Andrés sin llegar a ser consciente de
ello.
El
albacea tras mirarlo durante unos minutos, se levantó del sillón en el que se
hallaba, y tras abrir la puerta del despacho encaminó sus pasos hacia la cocina
donde Teófilo aguardaba la llamada de su señor.
-Es
el momento de recoger al huésped y trasladarlo a su nuevo aposento.
-Ahora mismo señor.
Teófilo sacó de un armario una carretilla y con rapidez se marcho al
despacho de donde recogió a Alberto profundamente dormido. Con mucho trabajo
trasladó a éste al sótano sobre su espalda, donde tenía una cama con grilletes situados a ambos lados de ésta y en la pared, justo por encima de la cabeza
.Desde lo alto de la escalera Andrés observaba con atención las manipulaciones
de su empleado con atención, dándole las indicaciones oportunas para que todo
quedara como él quería. Acto seguido dejaron allí a Alberto y se retiraron a la
parte de arriba.
Los
parpados le pesaban como losas de cemento, sumido en un aletargamiento del que
le costaba salir. Al intentar restregarse los ojos, fue cuando noto que las muñecas
estaban sujetas a la cama, impidiéndole cualquier movimiento con los brazos. Lo
último que recordaba era estar sentado frente al albacea en un despacho y ahora
no sabía donde se encontraba. Un pánico aterrador le entró por todo su cuerpo,
a oscuras y atado como un animal listo para el matadero.
-¿Hay alguien ahí? ¡Por favor ayúdenme!
El silencio y la oscuridad en que se
encontraba era lo más parecido a una tumba. Todavía con la cabeza embotada, intentaba discernir por que estaba
allí y en esa situación. Las preguntas se acumulaban en su mente al mismo
tiempo que su nerviosismo.
No
sabía el tiempo que llevaba así: dos horas, tres, cuatro… cuando sintió que una
puerta se abría en alguna parte de la estancia, entrando alguien y conectando
una potente luz que le cegó por momentos. La persona se situó a los pies de la
cama esperando a que recuperara la
visión para comenzar a hablarle y explicarle su situación, con una frialdad más
propia de un asesino sin escrúpulos que de alguien normal.
-Se
preguntará qué hace aquí; pero solo le diré una cosa. Si usted se porta bien
saldrá de aquí con vida, en caso contrario le garantizo que no me importaría
absolutamente nada matarle y nadie se preocupará por su paradero.
-Pero ¿Por qué? ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Quiénes son ustedes
realmente? ¿Puede explicarme algo por Dios?
-Le
repito que trate de comportarse bien y no pregunte. En un rato le bajare algo
para comer. Le soltare una mano para que pueda manejarse y espero que no trate
de jugármela, por que le juro que se arrepentirá.
Acto
seguido Teófilo libero su mano derecha se giró y volvió por donde había venido,
quedando la luz encendida.
¿Comida? ¿Cuántas horas había dormido?, pensó
durante unos segundos volviendo a envolverle la angustia, cuando se abrió la
puerta bajando en esta ocasión los dos siniestros personajes ya conocidos por
él. Traían varios platos de comida, una fruta y una jarra con agua.
-Aquí le dejamos comida. Puede comer con tranquilidad que no tiene nada
extraño. Se lo digo por la cara de escepticismo que me esta mostrando ahora
mismo.
-Como usted comprenderá la situación en la que me encuentro, como si de
un animal enjaulado y preparado para ser sacrificado, no es lo más normal.
-De
momento está vivo y sin ningún tipo de maltrato. Puede darse por satisfecho.
Tras
esta pequeña y nada esclarecedora conversación, volvieron a dejarle a solas.
Comió con desgana dándole vueltas a la situación y si saber el porqué estaba
allí y qué querían de él.
Una
hora después aproximadamente escucho una
serie de voces, una disputa o algo parecido. Con los cinco sentidos puestos
trató de captar algo de lo que vociferaban entre ellos.
-¡¡
Es un peligro mantenerlo aquí!! Si nos descubren no saldremos de la cárcel en
la puta vida. Lo mejor es liquidarlo y enterrarlo donde está el otro cuerpo.
-¡¡Tenemos que mantenerlo vivo un par de días o tres más, te guste o
no!! Aun están removiendo en Madrid lo del albacea. No creí que el listillo de
las narices, nos fuera a dar tantos quebraderos de cabeza.
Las voces se fueron calmando y alejando por
lo que no escucho nada más, pero solo con estas
palabras sacó conclusiones
nada halagüeñas. La primera: “de aquí no
saldré con vida si no consigo liberarme como sea” La segunda: “Estos individuos
no son quienes dicen ser y mataron al
verdadero albacea ocupando su puesto” y la tercera:” No sé que quieren de mi,
para que se atrevan a asesinar a dos personas a sangre fría”.
Tratando de calmarse inspeccionó el lugar y la forma de liberarse de la
atadura que lo mantenía sujeto a la cama. La habitación tenía una ventana
muy pequeña y tapiada por la que no entraba ni el más mínimo resquicio
de luz, por lo demás era muy aséptica, sin más muebles ni ornamentos que un
orinal bajo la cama y los platos antes dejados por sus captores.
Notó una casi imperceptible vibración en el bolsillo del pantalón, que
le llevo a recordar que tenía el móvil. Con mucho trabajo, pues este estaba en
el bolsillo contrario de la mano liberada, consiguió hacerse con él, sin muchas
esperanzas de poder usarlo por la falta de cobertura. La indicación de
ésta mostraba una raya oscilante que aparecía y desaparecía, mostrándose
inestable al máximo. Marco el número de la policía una y otra vez sin ningún
resultado. Lo mismo intentó con su mejor amigo pero obtuvo el mismo resultado,
por lo que no sabía a quien llamar para que le sacaran de allí. Como último
recurso le mando un mensaje a su exmujer
o así creía, pues en el momento justo de darle a la tecla de
mandarlo, Teófilo le arranco el móvil de
las manos ya que se dio cuenta de lo que tramaba y bajando muy sigilosamente
para no ser escuchado, con un golpe seco lo estrello contra la pared.
-¡Maldito cabrón! Esto lo vas a pagar muy caro.
Le
golpeó una y otra vez con precisión en la cara, en el estomago, en las
costillas. Atado como estaba poco podía hacer,
no siendo mas que un guiñapo en manos de su captor. Perdió la
consciencia en uno de los golpes, pensando que moriría allí mismo.
-¡Para imbécil!, que lo vas a matar
-¡Lo
pillé intentando llamar con el teléfono móvil! Tú eres el único culpable por no
registrarle antes de bajarle aquí.
-¡Joder destrozaste el teléfono y ahora no sabemos si logró hablar con
alguien!
-Que
más da. Lo matamos y lo enterramos. Punto.
-Necesitamos que firme la documentación y todos los papeles necesarios
para poder hacernos con el dinero. Cada día piensas menos. Desátalo y
trataremos de curarle esa muñeca. Le quedó desollada y no creo que sea capaz de
poder firmar, por lo que ahora la operación se retrasará unos días.
Andrés
se marchó jurando en arameo a buscar medicinas para curar a Alberto. Entre
tanto Teófilo se dedicó a desatarlo para tal menester. La verdad era que este
después de la paliza, quedó en un estado lamentable, aunque su vida no corriera
peligro.
De
lo primero que tuvo noción era que le dolía tanto todo el cuerpo, que no podía
ni moverse por mucho que quisiera. Tan solo las piernas parecían haberse
librado de ser molidas por el salvaje que le miraba desde la silla, con la
misma cara de cadáver que recordaba de su primer encuentro. No esta muy seguro
de como tendría la cara pero simplemente con saber que por un ojo no veía y por
el otro veía a medias, se la imaginaba
A pesar de todo, su cabeza
parecía seguir funcionando correctamente y lo que le vino a ella, era seguir
buscando la manera de escapar de sus captores. Quería aprovechar su libertad
de movimientos con la mano para intentar anular primero a uno y después al
otro. Durante el resto del día bajaron primero uno y después el otro,
intentando convencerle para que firmara unos documentos con la advertencia de
volver a repetir el castigo nuevamente. Supuestamente llego la noche por que
dejaron de visitarlo, se soltó la otra mano y a pesar del dolor logró llegar a la puerta de
la habitación, situándose tras ella armado con un trozo del plato de
porcelana que anteriormente había roto. Sus ojos se cerraban lentamente,
cuando escucho unos pasos que se dirigían allí. Armándose de coraje para
soportar el dolor que le abrumaba, se colocó en cuclillas tras la puerta con el
cuerpo en tensión y una vez abierta esta, sin mirar prácticamente, clavó el
precario cuchillo construido a la altura del abdomen. La herida no era mortal
pero entre esta y la caída sufrida escaleras abajo por el ataque, Teófilo quedo
malherido e inconsciente al final de
estas.
Alberto estaba exhausto por el esfuerzo realizado, pero no podía parar un
segundo si quería salir de allí. Comprobó el estado del delincuente y
viendo que no moriría por las heridas, le ató las muñecas con algunas
vendas que habían dejado junto a la cama. Tras unos segundos de resuello, retomo
el camino de vuelta hacia lo alto de la escalera con la esperanza de que Andrés
no apareciera mientras tanto. La puerta continuaba abierta cuando llego a ella,
bañado en sudor por el esfuerzo realizado. Se asomó con precaución, saliendo
del cuarto y cerrándola con la llave que seguía puesta en ella. Unos pasos
resonaban en la planta de arriba, inquietándolo ante la aparición del
supuestamente cerebro de la operación. Miró desesperado un lugar donde
esconderse cuando resonó la voz de Andrés.
-Teófilo ¿Dónde estas?.... ¡¡ Teófilooo!!
El corazón de Alberto latía a mil por hora, en tensión esperando el momento del
encuentro con Andrés. Finalmente decidió esconderse en el hueco situado bajo
las escaleras que llevaban a la planta superior, situado a unos tres metros de
la puerta que acababa de cerrar.
-Qué diablos estará haciendo este imbécil…-rezongaba Andrés entre dientes,
comenzando a bajar los escalones.
-¡Abre la puerta Teófilo! Gritó al comprobar
que la puerta se encontraba cerrada con llave.
En
este momento Alberto salió con rapidez de su escondrijo, portando como arma una
estatuilla de porcelana con la que golpeo al malhechor en la cabeza, quedándolo
atontado. Con la adrenalina a tope, le
golpeo nuevamente haciéndose pedazos la figura, al tiempo que la cabeza de
Andrés comenzaba a sangrar en abundancia. Como hizo anteriormente con el otro,
le ató las muñecas con lo primero que encontró, un trozo de alambre que
simulaba ser el tallo de una planta de plástico. Se sentó en el suelo junto al
inconsciente, tomándose unos minutos de descanso para recuperar fuerzas y
pensar que hacer a continuación. La primera idea que le vino a la mente fue la
de ir en busca de la policía pero dado su estado y que no tenia coche, pensó
que quizás podría sacarles mas información antes de entregarlos a esta. Se
dedico a buscar un baño o la cocina donde poder refrescarse y tomar un trago de
agua, ahora que a sus oponentes los tenía controlados.
-Espero que tengas ganas de hablar Andrés o
como te llames de verdad, por que te juro que te matare si no empiezas a
“cantar” de inmediato. – La adrenalina seguía en pleno apogeo-. Seguro que
nadie os echara de menos. Tu compinche no te puede ayudar si estas pensando en
el y tu no paras de sangrar. Responde rápido por que no me importaría dejaros
aquí atados.
-Vale, vale. Es un encargo realizado por
teléfono.
-¿Quién es la persona? ¿Como se llama?
-No lo se, fue por teléfono y no la vi.
-¿La? ¿Quieres decir que fue una mujer?
-Creo que si, aunque,… aunque…-En ese
momento Andrés se desmayo nuevamente.
Alberto pensó que seria mejor curarlo, pues
en sus ideas no entraba el asesinato por mucho que intentara ponerse en plan
duro. Después de curarle la herida y aprovechando que seguía en los brazos de
Morfeo, registro sus bolsillos encontrando un teléfono móvil. Busco las ultimas
llamadas sin esperanzas de encontrar nada que le diera alguna pista, llevándose
una sorpresa monumental que le dejó noqueado durante unos minutos.
-¡Despierta Andrés! ¡Despierta de una vez
joder! Dime a quien pertenece este número.
-No se. No recuerdo ahora mismo…. Creo que a
la persona que nos encargo el trabajo.-chillo al notar la hoja del cuchillo
presionando en su cuello.
-¿Qué sacabais a cambio del mismo? ¿Cuanto
os pagan?
-Doce mil euros para cada uno.
-En pie. Levántate y camina delante de mí.
Acto seguido le llevó al sótano donde le
obligo a entrar a punta de cuchillo, cerrando la puerta nuevamente para estar
más seguro. El ruido de un coche al llegar a la finca, le puso otra vez en
alerta como si de un felino se tratara presto a saltar sobre su victima. Con
mucho cuidado se asomo tras las cortinas y si antes se llevó una sorpresa, la
de ahora no hizo más que superarlas, por increíble que le pareciera. Se
escondió tras la puerta y aguardo a que llamara el nuevo visitante armado con
el cuchillo, pensando en como actuar a continuación.
Llamaron a la puerta y espero diez segundos
antes de abrir esta sin dejarse ver e invitando a entrar a la persona al
interior, simulando la voz de Andrés. Antes de darse cuenta esta tenía el
cuchillo situado en su garganta, mezclándose su indignación, su pánico y como
no, su asombro ante el sujeto que le tenía a su merced.
-¡Quizás no esperaras esto, pero mucho menos
me lo imaginaba yo!
-Espera un momento. ¿Qué significa esto? ¡No
entiendo nada!
-La policía se encargara de aclarar esto,
aunque tendremos que esperar a que vengan a sacar del sótano a tus
subordinados. Ellos posiblemente estén mas dispuestos a colaborar que tu, si
con ello consiguen una reducción en la pena que les imponga el juez por
asesinato y secuestro.
-Te vuelvo a decir que no tengo ni idea de que
me hablas. Yo estoy aquí por que Lorena,
tu exmujer, me cito en este lugar con intención de pasar el fin de semana, cosa
que me extraño pues yo ni sabia que existía.
-Es igual Luis. Date la vuelta ahora mismo o
te juro que no sales vivo de aquí. Vamos al coche y no trates de hacerte el valiente.
Con la tensión dentro del cuerpo se metieron
en el coche, situándose Luis al volante y Alberto a su derecha, sin perderle ni por un segundo de vista.
Tomaron el camino en dirección al pueblo más cercano situado a unos cuarenta kilómetros
de donde estaban. Durante el trayecto Luis seguía tranquilo y confiado, cosa
que extrañaba dadas las circunstancias en que se encontraban, haciendo dudar a
Alberto de si estaría en lo cierto. Una
vez en el cuartel de la Guardia Civil se
expuso el caso, quedando ambos bajo custodia hasta aclararse la situación al
día siguiente.
Habían pasado quince días de los hechos
ocurridos, cuando una llamada de su
abogado le puso al corriente de la situación.
-¿Alberto?
-Si que hay Javier ¿Qué ocurre?
-Según las investigaciones hasta el momento
efectuadas, la persona que invento toda la trama fue tu exmujer, queriendo
eliminar a su actual pareja Luis para quedarse con la fortuna que te legó tu
familiar.
-Pero…pero… No puede ser posible. Lorena es
ambiciosa, pero no hasta esos extremos.
-¿Ni por cien millones de euros?
-¡¡ ¿Cómo?!!
-Si
Alberto, cien millones de euros. Por ese dinero algunos venderían su alma al
diablo.