domingo, 8 de diciembre de 2013

CELOS MORTALES

     La sirena sonó atronadora rompiendo el silencio nocturno y poniendo en marcha toda una actuación milimétrica tantas veces ensayada. El que todos o casi todos estuvieran durmiendo, no fue ningún obstáculo para que en cuestión de cinco minutos, los vehículos de extinción de incendios salieran por las puertas de las cocheras en dirección al lugar donde se había producido el incendio. Por el camino se fueron informando de aquello a lo que se iban a enfrentar sin darle mayor importancia, como si esto fuera lo más normal del mundo,  claro que los años de práctica y dura preparación eran precisamente para estos momento.  El devastador y voraz incendio (como la práctica totalidad de estos en verano), se había producido en el bosque, a unos treinta kilómetros de la localidad y en una zona bastante escarpada pero de buen acceso para los vehículos motobombas,  con los que tratarían de atajarlo para que no siguiera su ruta de tierra quemada. Dentro de la gravedad del momento todos se mantenían bastante tranquilos,  a excepción de Roberto,  al que se le veía bastante más crispado de lo habitual y concentrado en hacer y deshacer  un nudo en una soga que llevaba entre sus manos. Desde el mismo momento de poner pie en tierra, como ya ocurriera en las cocheras, todo fue un despliegue de virtuosismo para coordinarse y luchar contra el que tantas veces se habían enfrentado y ganado pero del cual algunos tenían recuerdos no muy agradables en forma de viejas quemaduras. Las mangueras una vez extendidas, parecieron cobrar vida al notar la presión del agua por su interior, desapareciendo como por ensalmo todos y cada uno de los pliegues  que simulaban ser, los vestigios del paso del tiempo por ellas.
Los minutos se convirtieron en horas y estos en días, hasta que al final del segundo de estos arrinconaron al monstruo y pudieron terminar con él. Con las caras aun tiznadas de su encarnizada batalla pero sonrientes por el final conseguido, la noticia les congelo estas de manera instantánea. En otra parte de la zona calcinada, a unos tres kilómetros, había aparecido el cadáver de una mujer totalmente calcinado el día  anterior. Aun se desconocía la identidad de esta, pero solo el mero hecho de perder una vida, les parecía que el trabajo realizado no les sirvió de nada. Apesadumbrados por tan trágica noticia y tras recoger todas las pertenencias por allí repartidas, iniciaron el regreso a casa comentando entre ellos, que podía hacer una mujer por  aquellos parajes tan poco recomendables, por la dureza del terreno.
Roberto tras llegar a las cocheras, se montó en el coche pero no se  fue directamente a su domicilio para tratar de descansar y solventar el problema que un par de días atrás le mantuvo crispado. Tenía la casi total seguridad de que su mujer estaba manteniendo una relación con otro hombre pero necesitaba una prueba más concluyente que las hasta ahora obtenidas pero estaba decidido a cortar por lo sano. Deambulo como un zombi por la ciudad tratando de poner en orden sus pensamientos  pues por muy decidido que estuviera, algo en su interior se negaba a aceptarlo y su cabeza se convirtió en un torbellino de ideas para buscar una salida al problema pues en algún rincón de su corazón, todavía seguía encendida la llama del amor. Al entrar en la vivienda, fue un frio helador el que le recibió, un silencio de ultratumba que no hizo presagiar nada bueno. Llamo y busco a su mujer por todas las habitaciones si más resultado que el silencio como respuesta y el frio adherido a la piel como compañero. Se ducho y puso ropa cómoda quedándose dormido al instante hasta bien entrada la noche.  Con la idea de que su mujer se habría ido a la oficina donde trabajaba sin acordarse si el turno que tenía era de noche o de tarde, opto por tomar el teléfono móvil para tratar de averiguar donde se encontraba. Cuando pulsaba la tecla de llamada, sonó el timbre de la puerta y  pensando que sería Rocío (su mujer) dejo el teléfono sobre la mesa del comedor y con pasos de cansancio se encamino  hacia la puerta. Pero no fue a Rocío a quien se encontró, sino a dos tipos enchaquetados y con caras inexpresivas, que le preguntaron si él era Roberto Buendía.
-¿Quién y porque lo pregunta? Les dijo mirándoles con cara de pocos amigos.
 -¿Le importa  que pasemos y le contemos mejor dentro? –Le dijeron al tiempo que le mostraban las placas que les acreditaban como policías, placas que miro de manera mecánica.
-Si claro; Faltaría más. Pasen y acomódense donde les apetezca.
- Mi nombre es Moisés, inspector Moisés. Él es el inspector Adrián.
                Una vez en el interior y mientras uno le hacía todo tipo de preguntas banales, el otro con aire de distraído observaba toda la estancia cual perro de caza en  busca de su pieza. Sobre Roberto comenzó a planear una incertidumbre cada vez más acuciante al tiempo que un sudor frio resbalaba a lo largo de su espalda.
 - ¿Cuando vio a su mujer por última vez? – le pregunto Moisés que parecía llevar la voz cantante.
 La pregunta  lanzada al aire y como si no fuera con él, no hizo más que acrecentar su temor.
-Hace un par de días, pues cuando se inició el incendio yo estaba de guardia y desde entonces no he venido por aquí. ¿Puede decirme a son de que viene este interrogatorio y su interés por mi esposa?
-¿Puede probar que es cierto lo que dice?
- Joder claro que sí. Todos mis compañeros pueden confirmar que estaba con ellos.
El policía se le quedo mirando fijamente al tiempo que trataba de encontrar las palabras adecuadas para darle la noticia.
-Tenemos  la casi total seguridad  que el cuerpo encontrado en el incendio puede ser el de su esposa.
El impacto recibido por la noticia fue de tal magnitud, que cuando volvió en sí, se encontraba tendido sobre el sofá y sin saber cómo termino allí.
-No trate de levantarse. Es mejor que se quede ahí, hasta que se encuentre mejor pero después tendrá que acompañarnos a la comisaria.
 -¿Puede decirme usted de que se me acusa?
- De momento de nada pero hay factores que tendremos que analizar.
 Una vez repuesto del mazazo inicial y de camino a la comisaria, pararon en el Parque de Bomberos donde a petición de los agentes, observaron con sumo cuidado las prendas de trabajo utilizadas por él y sin ningún reparo porque estos las vieran.
 Las palabras dichas por el policía volvían a resonar en su mente, tomando consciencia de lo que esto significaba mientras que un sentimiento de culpa le oprimía el pecho como una garra interna.
 Roberto seguía en un estado de dolor, pena e inseguridad al tiempo que una vez ya en las dependencias de los agentes, estos lo acribillaban a preguntas. Tras tres horas de intenso interrogatorio, le dejaron marchar a casa, indicándole que no saliera de la ciudad sin antes avisar de su desplazamiento.
  Al día siguiente otro suceso vino  sacudir la pequeña ciudad,  y si cabe,  a poner en el punto de mira a Roberto nuevamente.  Un par de semanas  atrás  un incidente entre un compañero y él, termino en una bronca de tal calibre, que ambos fueron suspendidos de empleo y sueldo durante una semana. Esto vino a raíz de los celos que consumían a Roberto y que sin base que sustentaran sus imputaciones, termino acusando a su compañero de estar acostándose con su mujer,  así como la amenaza de decírselo a la esposa del otro. El otro era Pepo, quien ahora  estaba sobre una camilla en el  depósito de cadáveres a la espera de que su cuerpo fuera analizado por el forense para determinar la causa de su muerte. En una pequeña y tranquila ciudad, donde los delitos más graves no pasaban de alguna infracción de tráfico, alteraron de sobremanera la apacible convivencia entre sus vecinos, mostrándose unos partidarios de Roberto y otros del ahora difunto Pepo.  Mientras las pesquisas policiales seguían su curso, teniendo como principal sospechoso  al celoso e iracundo bombero por uno u otro motivo. La principal prueba que los agentes manejaban, era una pequeña insignia del  tan apreciado cuerpo  que encontraron bajo la fallecida Rocío y  que al revisar las prendas de Roberto faltaba en su indumentaria. El alegó que la perdió  unos días atrás durante su intervención  en un accidente de tráfico,  al que acudieron  en socorro de una persona mayor atrapada entre los hierros de su vehículo  y que por olvido no repuso en su chaqueta. Esta pequeña insignia y las desavenencias con los difuntos, podían dar con sus huesos en prisión acusado de doble homicidio con premeditación, pues todos los indicios apuntaban en su contra.
     Las jornadas pasaban lentamente entre miradas acusadoras de compañeros y vecinos, que temerosos de una hasta ahora no probada culpabilidad, desviaban su camino o intentaban no entablar ninguna conversación, quedando su antigua amistad en simple saludo. Una mañana cuando iba en dirección al trabajo, recibió una llamada para que se personara en la jefatura policial.
-Parece ser que Pepo murió envenenado por una sustancia un tanto peculiar. ¿No tiene nada    que decirnos al respecto Roberto? – Le pregunto él inspector Moisés.
- ¿Cómo quieren que les diga algo, si ni tan siquiera se a que se refieren?
- Dicha sustancia era Curare. Esta provoca la muerte por parálisis en el…
 -Si, se lo es…
 -Porque en su domicilio tiene un pequeño envase con este veneno  ¿Verdad?  Lo tiene en una vitrina en el salón donde nos recibió, expuesto como si de un trofeo se tratara.
   Las pruebas en  su contra crecían como la espuma pero un detalle sobre este particular podría alejarlo de las dudas que sembraba entre los policías.
 -  Alguien trata de colgarme los dos crímenes. El envase que vieron es de Curare, efectivamente. Pero lo que hay en su interior no es este veneno. Hace unos días y por un descuido mío, el veneno se derramo sobre la alfombra – cosa que por suerte se puede comprobar- y para que el pequeño  recipiente no quedara tan desangelado, lo rellene con una mezcla de licor y polvo de talco simulando esta sustancia. Esto solo lo sabíamos mi mujer  y yo, por lo que el asesino cometió un pequeño fallo. Espero que esto les dé una pista y dejen de mirarme con tanto recelo.
Al preguntar a los vecinos, estos les informaron que escucharon una fuerte discusión en la vivienda la noche en que se produjeron los hechos pero nadie pudo asegurar quienes eran las dos personas que mantenían tal disputa. Solo que se trataba de una mujer y un hombre, y que tal como comenzó, esta termino sin ningún tipo de ruido sospechoso.  El examen de la alfombra corroboro las declaraciones expresadas por Roberto,  aunque esto no le dejaba fuera de la línea de sospechosos, solo que le alejaba temporalmente como principal sospechoso.  La vivienda del fallecido Pepo añadió más incertidumbre al trabajo policial, pues si el tan pulcro y aséptico hogar no parecía llevar a ninguna pista, el ordenador si deparo alguna sorpresa. Unas fotos en posiciones un tanto comprometedoras, entre Rocío y este, daban alas a las tan temidas infidelidades de las que Roberto acuso al inquilino de la casa. También encontraron la factura de compra a través de  internet, del famoso curare que y que tan de moda estaba últimamente.
-  ¿Qué está pasando aquí Moisés? – le pregunto Adrián con la mirada absorta.
- No sé pero algo se nos escapa Adrián. Mañana inspeccionaremos el piso de Roberto.
 Al día siguiente y tras revisar el piso de Roberto, inspeccionaron las cámaras de los negocios situados en los alrededores con la esperanza de encontrar algo que les sirviera para solucionar este caso. En la tercera tienda encontraron algo que les puso en alerta. En ella se veía como Rocío entraba en el portal seguida de otra persona, mirando hacia un lado y otro de la calle, como queriendo asegurarse de que nadie les viera entrar.
-Parece ser que tenía una buena relación con esta tal Paola.- Le comento Adrián a Moisés mientras analizaban los datos del teléfono móvil de Rocío.
- Sí, eso parece por la cantidad de llamadas entre ambas. Tendremos que hacerle una visita por 
si nos aporta algo.                                                                                                             
-¿Paola Bejarano?- La puerta se había abierto al primer timbrazo, como si la susodicha esperara la visita.
-Soy el inspector Moisés – repitiendo de manera mecánica el gesto de mostrar la placa.
Paola tenía cuarenta y cinco años  por lo visto en las indagaciones preliminares pero no aparentaba más de treinta y ocho o cuarenta. El rostro denotaba ser una mujer de carácter, de estas que cuando se proponen algo, lo llevan a cabo pese a quien pese.
-Usted dirá que quiere de mí.
-Como supongo, se habrá enterado de la muerte de Rocío.
Un pequeño grito, ahogado entre sus manos, pretendió engañar al policía pero este con los años de servicio que llevaba, no se dejó engañar por tan burda treta.
-¡Dios mío! No sabía nada…
-¿No le parece un tanto extraño, que su inseparable amiga no le llamara durante tantos días, cuando normalmente solían hablar casi a diario?
-Bueno… cada persona tiene sus problemas. Yo no suelo inmiscuirme donde no me llaman.  
Con aquella respuesta, daba a entender que sabía de los problemas existentes en el matrimonio y de los que no quería hablar.
-De acuerdo. Estaremos en contacto pues posiblemente necesite hacerle algunas otras preguntas.
-Como usted desee inspector.
-Antes de irme una última pregunta… ¿Dónde estaba usted el día 7 de Agosto?-Le pregunto Moisés con la mirada fija en un pantalón vaquero.
-Creo que ese día no salí de casa. Estaba indispuesta por un dolor de cabeza atroz- le respondió Paola ligeramente alterada.
Moisés y Adrián ya en comisaria, comenzaron a unir las piezas del puzle que les llevaría a la detención del homicida.
-¡Queda usted detenida como presunta responsable del asesinato de Rocío y encubridora del asesinato de Pepu!- Le dijo Adrián a la persona que tenía delante de él.
Todo el aplomo de Paola se vino abajo sintiéndose derrotada.
-Usted acudió a la llamada de su amiga, para ocultar el cadáver de Pepu al que asesinó Rocio con veneno. Durante la noche y cuando terminaron de depositar el cuerpo, recibió una llamada por el manos libres del coche, de su amante. Esto originó una pelea en la que usted termino con la vida de Rocio y a la cual llevo al monte, causando el fuego con la intención de borrar todo tipo de huellas. Una revisión del listado de llamadas de su amante Roberto nos llevó hacia usted; el pantalón vaquero con una pequeña quemadura y una huella en la insignia del cuerpo de bomberos encontrada bajo el cuerpo hicieron el resto. Imagino que la insignia fue a parar allí de forma fortuita pero a veces la justicia es Divina.

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