La sirena sonó atronadora rompiendo el
silencio nocturno y poniendo en marcha toda una actuación milimétrica tantas
veces ensayada. El que todos o casi todos estuvieran durmiendo, no fue ningún
obstáculo para que en cuestión de cinco minutos, los vehículos de extinción de
incendios salieran por las puertas de las cocheras en dirección al lugar donde
se había producido el incendio. Por el camino se fueron informando de aquello a
lo que se iban a enfrentar sin darle mayor importancia, como si esto fuera lo más
normal del mundo, claro que los años de práctica
y dura preparación eran precisamente para estos momento. El devastador y voraz incendio (como la práctica
totalidad de estos en verano), se había producido en el bosque, a unos treinta
kilómetros de la localidad y en una zona bastante escarpada pero de buen acceso
para los vehículos motobombas, con los
que tratarían de atajarlo para que no siguiera su ruta de tierra quemada.
Dentro de la gravedad del momento todos se mantenían bastante tranquilos, a excepción de Roberto, al que se le veía bastante más crispado de lo
habitual y concentrado en hacer y deshacer
un nudo en una soga que llevaba entre sus manos. Desde el mismo momento
de poner pie en tierra, como ya ocurriera en las cocheras, todo fue un
despliegue de virtuosismo para coordinarse y luchar contra el que tantas veces
se habían enfrentado y ganado pero del cual algunos tenían recuerdos no muy
agradables en forma de viejas quemaduras. Las mangueras una vez extendidas,
parecieron cobrar vida al notar la presión del agua por su interior,
desapareciendo como por ensalmo todos y cada uno de los pliegues que simulaban ser, los vestigios del paso del
tiempo por ellas.
Los
minutos se convirtieron en horas y estos en días, hasta que al final del
segundo de estos arrinconaron al monstruo y pudieron terminar con él. Con las
caras aun tiznadas de su encarnizada batalla pero sonrientes por el final
conseguido, la noticia les congelo estas de manera instantánea. En otra parte
de la zona calcinada, a unos tres kilómetros, había aparecido el cadáver de una
mujer totalmente calcinado el día
anterior. Aun se desconocía la identidad de esta, pero solo el mero
hecho de perder una vida, les parecía que el trabajo realizado no les sirvió de
nada. Apesadumbrados por tan trágica noticia y tras recoger todas las
pertenencias por allí repartidas, iniciaron el regreso a casa comentando entre
ellos, que podía hacer una mujer por
aquellos parajes tan poco recomendables, por la dureza del terreno.
Roberto tras llegar a las cocheras, se montó
en el coche pero no se fue directamente
a su domicilio para tratar de descansar y solventar el problema que un par de
días atrás le mantuvo crispado. Tenía la casi total seguridad de que su mujer
estaba manteniendo una relación con otro hombre pero necesitaba una prueba más
concluyente que las hasta ahora obtenidas pero estaba decidido a cortar por lo
sano. Deambulo como un zombi por la ciudad tratando de poner en orden sus
pensamientos pues por muy decidido que
estuviera, algo en su interior se negaba a aceptarlo y su cabeza se convirtió
en un torbellino de ideas para buscar una salida al problema pues en algún
rincón de su corazón, todavía seguía encendida la llama del amor. Al entrar en
la vivienda, fue un frio helador el que le recibió, un silencio de ultratumba
que no hizo presagiar nada bueno. Llamo y busco a su mujer por todas las
habitaciones si más resultado que el silencio como respuesta y el frio adherido
a la piel como compañero. Se ducho y puso ropa cómoda quedándose dormido al
instante hasta bien entrada la noche. Con
la idea de que su mujer se habría ido a la oficina donde trabajaba sin
acordarse si el turno que tenía era de noche o de tarde, opto por tomar el
teléfono móvil para tratar de averiguar donde se encontraba. Cuando pulsaba la
tecla de llamada, sonó el timbre de la puerta y pensando que sería Rocío (su mujer) dejo el
teléfono sobre la mesa del comedor y con pasos de cansancio se encamino hacia la puerta. Pero no fue a Rocío a quien
se encontró, sino a dos tipos enchaquetados y con caras inexpresivas, que le
preguntaron si él era Roberto Buendía.
-¿Quién
y porque lo pregunta? Les dijo mirándoles con cara de pocos amigos.
-¿Le importa
que pasemos y le contemos mejor dentro? –Le dijeron al tiempo que le mostraban
las placas que les acreditaban como policías, placas que miro de manera
mecánica.
-Si
claro; Faltaría más. Pasen y acomódense donde les apetezca.
- Mi
nombre es Moisés, inspector Moisés. Él es el inspector Adrián.
Una
vez en el interior y mientras uno le hacía todo tipo de preguntas banales, el
otro con aire de distraído observaba toda la estancia cual perro de caza
en busca de su pieza. Sobre Roberto
comenzó a planear una incertidumbre cada vez más acuciante al tiempo que un
sudor frio resbalaba a lo largo de su espalda.
- ¿Cuando vio a su mujer por última vez? – le
pregunto Moisés que parecía llevar la voz cantante.
La pregunta lanzada al aire y como si no fuera con él, no
hizo más que acrecentar su temor.
-Hace
un par de días, pues cuando se inició el incendio yo estaba de guardia y desde
entonces no he venido por aquí. ¿Puede decirme a son de que viene este
interrogatorio y su interés por mi esposa?
-¿Puede
probar que es cierto lo que dice?
- Joder
claro que sí. Todos mis compañeros pueden confirmar que estaba con ellos.
El
policía se le quedo mirando fijamente al tiempo que trataba de encontrar las
palabras adecuadas para darle la noticia.
-Tenemos
la casi total seguridad que el cuerpo encontrado en el incendio puede
ser el de su esposa.
El
impacto recibido por la noticia fue de tal magnitud, que cuando volvió en sí,
se encontraba tendido sobre el sofá y sin saber cómo termino allí.
-No
trate de levantarse. Es mejor que se quede ahí, hasta que se encuentre mejor
pero después tendrá que acompañarnos a la comisaria.
-¿Puede decirme usted de que se me acusa?
- De
momento de nada pero hay factores que tendremos que analizar.
Una vez repuesto del mazazo inicial y de
camino a la comisaria, pararon en el Parque de Bomberos donde a petición de los
agentes, observaron con sumo cuidado las prendas de trabajo utilizadas por él y
sin ningún reparo porque estos las vieran.
Las palabras dichas por el policía volvían a
resonar en su mente, tomando consciencia de lo que esto significaba mientras
que un sentimiento de culpa le oprimía el pecho como una garra interna.
Roberto seguía en un estado de dolor, pena e
inseguridad al tiempo que una vez ya en las dependencias de los agentes, estos
lo acribillaban a preguntas. Tras tres horas de intenso interrogatorio, le
dejaron marchar a casa, indicándole que no saliera de la ciudad sin antes
avisar de su desplazamiento.
Al día
siguiente otro suceso vino sacudir la
pequeña ciudad, y si cabe, a poner en el punto de mira a Roberto
nuevamente. Un par de semanas atrás un
incidente entre un compañero y él, termino en una bronca de tal calibre, que
ambos fueron suspendidos de empleo y sueldo durante una semana. Esto vino a
raíz de los celos que consumían a Roberto y que sin base que sustentaran sus
imputaciones, termino acusando a su compañero de estar acostándose con su mujer, así como la amenaza de decírselo a la esposa
del otro. El otro era Pepo, quien ahora
estaba sobre una camilla en el
depósito de cadáveres a la espera de que su cuerpo fuera analizado por
el forense para determinar la causa de su muerte. En una pequeña y tranquila
ciudad, donde los delitos más graves no pasaban de alguna infracción de
tráfico, alteraron de sobremanera la apacible convivencia entre sus vecinos,
mostrándose unos partidarios de Roberto y otros del ahora difunto Pepo. Mientras las pesquisas policiales seguían su
curso, teniendo como principal sospechoso
al celoso e iracundo bombero por uno u otro motivo. La principal prueba
que los agentes manejaban, era una pequeña insignia del tan apreciado cuerpo que encontraron bajo la fallecida Rocío
y que al revisar las prendas de Roberto
faltaba en su indumentaria. El alegó que la perdió unos días atrás durante su intervención en un accidente de tráfico, al que acudieron en socorro de una persona mayor atrapada
entre los hierros de su vehículo y que
por olvido no repuso en su chaqueta. Esta pequeña insignia y las desavenencias
con los difuntos, podían dar con sus huesos en prisión acusado de doble
homicidio con premeditación, pues todos los indicios apuntaban en su contra.
Las jornadas pasaban lentamente entre
miradas acusadoras de compañeros y vecinos, que temerosos de una hasta ahora no
probada culpabilidad, desviaban su camino o intentaban no entablar ninguna
conversación, quedando su antigua amistad en simple saludo. Una mañana cuando
iba en dirección al trabajo, recibió una llamada para que se personara en la
jefatura policial.
-Parece
ser que Pepo murió envenenado por una sustancia un tanto peculiar. ¿No tiene
nada que decirnos al respecto Roberto?
– Le pregunto él inspector Moisés.
- ¿Cómo
quieren que les diga algo, si ni tan siquiera se a que se refieren?
- Dicha
sustancia era Curare. Esta provoca la muerte por parálisis en el…
-Si, se lo es…
-Porque en su domicilio tiene un pequeño
envase con este veneno ¿Verdad? Lo tiene en una vitrina en el salón donde nos
recibió, expuesto como si de un trofeo se tratara.
Las pruebas en su contra crecían como la espuma pero un
detalle sobre este particular podría alejarlo de las dudas que sembraba entre
los policías.
- Alguien
trata de colgarme los dos crímenes. El envase que vieron es de Curare,
efectivamente. Pero lo que hay en su interior no es este veneno. Hace unos días
y por un descuido mío, el veneno se derramo sobre la alfombra – cosa que por
suerte se puede comprobar- y para que el pequeño recipiente no quedara tan desangelado, lo
rellene con una mezcla de licor y polvo de talco simulando esta sustancia. Esto
solo lo sabíamos mi mujer y yo, por lo
que el asesino cometió un pequeño fallo. Espero que esto les dé una pista y
dejen de mirarme con tanto recelo.
Al
preguntar a los vecinos, estos les informaron que escucharon una fuerte discusión
en la vivienda la noche en que se produjeron los hechos pero nadie pudo
asegurar quienes eran las dos personas que mantenían tal disputa. Solo que se
trataba de una mujer y un hombre, y que tal como comenzó, esta termino sin
ningún tipo de ruido sospechoso. El
examen de la alfombra corroboro las declaraciones expresadas por Roberto, aunque esto no le dejaba fuera de la línea de
sospechosos, solo que le alejaba temporalmente como principal sospechoso. La vivienda del fallecido Pepo añadió más incertidumbre
al trabajo policial, pues si el tan pulcro y aséptico hogar no parecía llevar a
ninguna pista, el ordenador si deparo alguna sorpresa. Unas fotos en posiciones
un tanto comprometedoras, entre Rocío y este, daban alas a las tan temidas
infidelidades de las que Roberto acuso al inquilino de la casa. También
encontraron la factura de compra a través de internet, del famoso curare que y que tan de
moda estaba últimamente.
- ¿Qué está pasando aquí Moisés? – le pregunto Adrián
con la mirada absorta.
- No sé
pero algo se nos escapa Adrián. Mañana inspeccionaremos el piso de Roberto.
Al día siguiente y tras revisar el piso de
Roberto, inspeccionaron las cámaras de los negocios situados en los alrededores
con la esperanza de encontrar algo que les sirviera para solucionar este caso.
En la tercera tienda encontraron algo que les puso en alerta. En ella se veía
como Rocío entraba en el portal seguida de otra persona, mirando hacia un lado
y otro de la calle, como queriendo asegurarse de que nadie les viera entrar.
-Parece
ser que tenía una buena relación con esta tal Paola.- Le comento Adrián a
Moisés mientras analizaban los datos del teléfono móvil de Rocío.
- Sí,
eso parece por la cantidad de llamadas entre ambas. Tendremos que hacerle una
visita por
si nos
aporta algo.
-¿Paola
Bejarano?- La puerta se había abierto al primer timbrazo, como si la susodicha
esperara la visita.
-Soy el
inspector Moisés – repitiendo de manera mecánica el gesto de mostrar la placa.
Paola
tenía cuarenta y cinco años por lo visto
en las indagaciones preliminares pero no aparentaba más de treinta y ocho o
cuarenta. El rostro denotaba ser una mujer de carácter, de estas que cuando se
proponen algo, lo llevan a cabo pese a quien pese.
-Usted
dirá que quiere de mí.
-Como
supongo, se habrá enterado de la muerte de Rocío.
Un
pequeño grito, ahogado entre sus manos, pretendió engañar al policía pero este
con los años de servicio que llevaba, no se dejó engañar por tan burda treta.
-¡Dios
mío! No sabía nada…
-¿No le
parece un tanto extraño, que su inseparable amiga no le llamara durante tantos
días, cuando normalmente solían hablar casi a diario?
-Bueno…
cada persona tiene sus problemas. Yo no suelo inmiscuirme donde no me
llaman.
Con
aquella respuesta, daba a entender que sabía de los problemas existentes en el
matrimonio y de los que no quería hablar.
-De
acuerdo. Estaremos en contacto pues posiblemente necesite hacerle algunas otras
preguntas.
-Como
usted desee inspector.
-Antes
de irme una última pregunta… ¿Dónde estaba usted el día 7 de Agosto?-Le
pregunto Moisés con la mirada fija en un pantalón vaquero.
-Creo
que ese día no salí de casa. Estaba indispuesta por un dolor de cabeza atroz-
le respondió Paola ligeramente alterada.
Moisés
y Adrián ya en comisaria, comenzaron a unir las piezas del puzle que les
llevaría a la detención del homicida.
-¡Queda
usted detenida como presunta responsable del asesinato de Rocío y encubridora
del asesinato de Pepu!- Le dijo Adrián a la persona que tenía delante de él.
Todo el
aplomo de Paola se vino abajo sintiéndose derrotada.
-Usted
acudió a la llamada de su amiga, para ocultar el cadáver de Pepu al que asesinó
Rocio con veneno. Durante la noche y cuando terminaron de depositar el cuerpo,
recibió una llamada por el manos libres del coche, de su amante. Esto originó
una pelea en la que usted termino con la vida de Rocio y a la cual llevo al
monte, causando el fuego con la intención de borrar todo tipo de huellas. Una
revisión del listado de llamadas de su amante Roberto nos llevó hacia usted; el
pantalón vaquero con una pequeña quemadura y una huella en la insignia del
cuerpo de bomberos encontrada bajo el cuerpo hicieron el resto. Imagino que la
insignia fue a parar allí de forma fortuita pero a veces la justicia es Divina.