domingo, 8 de diciembre de 2013

CELOS MORTALES

     La sirena sonó atronadora rompiendo el silencio nocturno y poniendo en marcha toda una actuación milimétrica tantas veces ensayada. El que todos o casi todos estuvieran durmiendo, no fue ningún obstáculo para que en cuestión de cinco minutos, los vehículos de extinción de incendios salieran por las puertas de las cocheras en dirección al lugar donde se había producido el incendio. Por el camino se fueron informando de aquello a lo que se iban a enfrentar sin darle mayor importancia, como si esto fuera lo más normal del mundo,  claro que los años de práctica y dura preparación eran precisamente para estos momento.  El devastador y voraz incendio (como la práctica totalidad de estos en verano), se había producido en el bosque, a unos treinta kilómetros de la localidad y en una zona bastante escarpada pero de buen acceso para los vehículos motobombas,  con los que tratarían de atajarlo para que no siguiera su ruta de tierra quemada. Dentro de la gravedad del momento todos se mantenían bastante tranquilos,  a excepción de Roberto,  al que se le veía bastante más crispado de lo habitual y concentrado en hacer y deshacer  un nudo en una soga que llevaba entre sus manos. Desde el mismo momento de poner pie en tierra, como ya ocurriera en las cocheras, todo fue un despliegue de virtuosismo para coordinarse y luchar contra el que tantas veces se habían enfrentado y ganado pero del cual algunos tenían recuerdos no muy agradables en forma de viejas quemaduras. Las mangueras una vez extendidas, parecieron cobrar vida al notar la presión del agua por su interior, desapareciendo como por ensalmo todos y cada uno de los pliegues  que simulaban ser, los vestigios del paso del tiempo por ellas.
Los minutos se convirtieron en horas y estos en días, hasta que al final del segundo de estos arrinconaron al monstruo y pudieron terminar con él. Con las caras aun tiznadas de su encarnizada batalla pero sonrientes por el final conseguido, la noticia les congelo estas de manera instantánea. En otra parte de la zona calcinada, a unos tres kilómetros, había aparecido el cadáver de una mujer totalmente calcinado el día  anterior. Aun se desconocía la identidad de esta, pero solo el mero hecho de perder una vida, les parecía que el trabajo realizado no les sirvió de nada. Apesadumbrados por tan trágica noticia y tras recoger todas las pertenencias por allí repartidas, iniciaron el regreso a casa comentando entre ellos, que podía hacer una mujer por  aquellos parajes tan poco recomendables, por la dureza del terreno.
Roberto tras llegar a las cocheras, se montó en el coche pero no se  fue directamente a su domicilio para tratar de descansar y solventar el problema que un par de días atrás le mantuvo crispado. Tenía la casi total seguridad de que su mujer estaba manteniendo una relación con otro hombre pero necesitaba una prueba más concluyente que las hasta ahora obtenidas pero estaba decidido a cortar por lo sano. Deambulo como un zombi por la ciudad tratando de poner en orden sus pensamientos  pues por muy decidido que estuviera, algo en su interior se negaba a aceptarlo y su cabeza se convirtió en un torbellino de ideas para buscar una salida al problema pues en algún rincón de su corazón, todavía seguía encendida la llama del amor. Al entrar en la vivienda, fue un frio helador el que le recibió, un silencio de ultratumba que no hizo presagiar nada bueno. Llamo y busco a su mujer por todas las habitaciones si más resultado que el silencio como respuesta y el frio adherido a la piel como compañero. Se ducho y puso ropa cómoda quedándose dormido al instante hasta bien entrada la noche.  Con la idea de que su mujer se habría ido a la oficina donde trabajaba sin acordarse si el turno que tenía era de noche o de tarde, opto por tomar el teléfono móvil para tratar de averiguar donde se encontraba. Cuando pulsaba la tecla de llamada, sonó el timbre de la puerta y  pensando que sería Rocío (su mujer) dejo el teléfono sobre la mesa del comedor y con pasos de cansancio se encamino  hacia la puerta. Pero no fue a Rocío a quien se encontró, sino a dos tipos enchaquetados y con caras inexpresivas, que le preguntaron si él era Roberto Buendía.
-¿Quién y porque lo pregunta? Les dijo mirándoles con cara de pocos amigos.
 -¿Le importa  que pasemos y le contemos mejor dentro? –Le dijeron al tiempo que le mostraban las placas que les acreditaban como policías, placas que miro de manera mecánica.
-Si claro; Faltaría más. Pasen y acomódense donde les apetezca.
- Mi nombre es Moisés, inspector Moisés. Él es el inspector Adrián.
                Una vez en el interior y mientras uno le hacía todo tipo de preguntas banales, el otro con aire de distraído observaba toda la estancia cual perro de caza en  busca de su pieza. Sobre Roberto comenzó a planear una incertidumbre cada vez más acuciante al tiempo que un sudor frio resbalaba a lo largo de su espalda.
 - ¿Cuando vio a su mujer por última vez? – le pregunto Moisés que parecía llevar la voz cantante.
 La pregunta  lanzada al aire y como si no fuera con él, no hizo más que acrecentar su temor.
-Hace un par de días, pues cuando se inició el incendio yo estaba de guardia y desde entonces no he venido por aquí. ¿Puede decirme a son de que viene este interrogatorio y su interés por mi esposa?
-¿Puede probar que es cierto lo que dice?
- Joder claro que sí. Todos mis compañeros pueden confirmar que estaba con ellos.
El policía se le quedo mirando fijamente al tiempo que trataba de encontrar las palabras adecuadas para darle la noticia.
-Tenemos  la casi total seguridad  que el cuerpo encontrado en el incendio puede ser el de su esposa.
El impacto recibido por la noticia fue de tal magnitud, que cuando volvió en sí, se encontraba tendido sobre el sofá y sin saber cómo termino allí.
-No trate de levantarse. Es mejor que se quede ahí, hasta que se encuentre mejor pero después tendrá que acompañarnos a la comisaria.
 -¿Puede decirme usted de que se me acusa?
- De momento de nada pero hay factores que tendremos que analizar.
 Una vez repuesto del mazazo inicial y de camino a la comisaria, pararon en el Parque de Bomberos donde a petición de los agentes, observaron con sumo cuidado las prendas de trabajo utilizadas por él y sin ningún reparo porque estos las vieran.
 Las palabras dichas por el policía volvían a resonar en su mente, tomando consciencia de lo que esto significaba mientras que un sentimiento de culpa le oprimía el pecho como una garra interna.
 Roberto seguía en un estado de dolor, pena e inseguridad al tiempo que una vez ya en las dependencias de los agentes, estos lo acribillaban a preguntas. Tras tres horas de intenso interrogatorio, le dejaron marchar a casa, indicándole que no saliera de la ciudad sin antes avisar de su desplazamiento.
  Al día siguiente otro suceso vino  sacudir la pequeña ciudad,  y si cabe,  a poner en el punto de mira a Roberto nuevamente.  Un par de semanas  atrás  un incidente entre un compañero y él, termino en una bronca de tal calibre, que ambos fueron suspendidos de empleo y sueldo durante una semana. Esto vino a raíz de los celos que consumían a Roberto y que sin base que sustentaran sus imputaciones, termino acusando a su compañero de estar acostándose con su mujer,  así como la amenaza de decírselo a la esposa del otro. El otro era Pepo, quien ahora  estaba sobre una camilla en el  depósito de cadáveres a la espera de que su cuerpo fuera analizado por el forense para determinar la causa de su muerte. En una pequeña y tranquila ciudad, donde los delitos más graves no pasaban de alguna infracción de tráfico, alteraron de sobremanera la apacible convivencia entre sus vecinos, mostrándose unos partidarios de Roberto y otros del ahora difunto Pepo.  Mientras las pesquisas policiales seguían su curso, teniendo como principal sospechoso  al celoso e iracundo bombero por uno u otro motivo. La principal prueba que los agentes manejaban, era una pequeña insignia del  tan apreciado cuerpo  que encontraron bajo la fallecida Rocío y  que al revisar las prendas de Roberto faltaba en su indumentaria. El alegó que la perdió  unos días atrás durante su intervención  en un accidente de tráfico,  al que acudieron  en socorro de una persona mayor atrapada entre los hierros de su vehículo  y que por olvido no repuso en su chaqueta. Esta pequeña insignia y las desavenencias con los difuntos, podían dar con sus huesos en prisión acusado de doble homicidio con premeditación, pues todos los indicios apuntaban en su contra.
     Las jornadas pasaban lentamente entre miradas acusadoras de compañeros y vecinos, que temerosos de una hasta ahora no probada culpabilidad, desviaban su camino o intentaban no entablar ninguna conversación, quedando su antigua amistad en simple saludo. Una mañana cuando iba en dirección al trabajo, recibió una llamada para que se personara en la jefatura policial.
-Parece ser que Pepo murió envenenado por una sustancia un tanto peculiar. ¿No tiene nada    que decirnos al respecto Roberto? – Le pregunto él inspector Moisés.
- ¿Cómo quieren que les diga algo, si ni tan siquiera se a que se refieren?
- Dicha sustancia era Curare. Esta provoca la muerte por parálisis en el…
 -Si, se lo es…
 -Porque en su domicilio tiene un pequeño envase con este veneno  ¿Verdad?  Lo tiene en una vitrina en el salón donde nos recibió, expuesto como si de un trofeo se tratara.
   Las pruebas en  su contra crecían como la espuma pero un detalle sobre este particular podría alejarlo de las dudas que sembraba entre los policías.
 -  Alguien trata de colgarme los dos crímenes. El envase que vieron es de Curare, efectivamente. Pero lo que hay en su interior no es este veneno. Hace unos días y por un descuido mío, el veneno se derramo sobre la alfombra – cosa que por suerte se puede comprobar- y para que el pequeño  recipiente no quedara tan desangelado, lo rellene con una mezcla de licor y polvo de talco simulando esta sustancia. Esto solo lo sabíamos mi mujer  y yo, por lo que el asesino cometió un pequeño fallo. Espero que esto les dé una pista y dejen de mirarme con tanto recelo.
Al preguntar a los vecinos, estos les informaron que escucharon una fuerte discusión en la vivienda la noche en que se produjeron los hechos pero nadie pudo asegurar quienes eran las dos personas que mantenían tal disputa. Solo que se trataba de una mujer y un hombre, y que tal como comenzó, esta termino sin ningún tipo de ruido sospechoso.  El examen de la alfombra corroboro las declaraciones expresadas por Roberto,  aunque esto no le dejaba fuera de la línea de sospechosos, solo que le alejaba temporalmente como principal sospechoso.  La vivienda del fallecido Pepo añadió más incertidumbre al trabajo policial, pues si el tan pulcro y aséptico hogar no parecía llevar a ninguna pista, el ordenador si deparo alguna sorpresa. Unas fotos en posiciones un tanto comprometedoras, entre Rocío y este, daban alas a las tan temidas infidelidades de las que Roberto acuso al inquilino de la casa. También encontraron la factura de compra a través de  internet, del famoso curare que y que tan de moda estaba últimamente.
-  ¿Qué está pasando aquí Moisés? – le pregunto Adrián con la mirada absorta.
- No sé pero algo se nos escapa Adrián. Mañana inspeccionaremos el piso de Roberto.
 Al día siguiente y tras revisar el piso de Roberto, inspeccionaron las cámaras de los negocios situados en los alrededores con la esperanza de encontrar algo que les sirviera para solucionar este caso. En la tercera tienda encontraron algo que les puso en alerta. En ella se veía como Rocío entraba en el portal seguida de otra persona, mirando hacia un lado y otro de la calle, como queriendo asegurarse de que nadie les viera entrar.
-Parece ser que tenía una buena relación con esta tal Paola.- Le comento Adrián a Moisés mientras analizaban los datos del teléfono móvil de Rocío.
- Sí, eso parece por la cantidad de llamadas entre ambas. Tendremos que hacerle una visita por 
si nos aporta algo.                                                                                                             
-¿Paola Bejarano?- La puerta se había abierto al primer timbrazo, como si la susodicha esperara la visita.
-Soy el inspector Moisés – repitiendo de manera mecánica el gesto de mostrar la placa.
Paola tenía cuarenta y cinco años  por lo visto en las indagaciones preliminares pero no aparentaba más de treinta y ocho o cuarenta. El rostro denotaba ser una mujer de carácter, de estas que cuando se proponen algo, lo llevan a cabo pese a quien pese.
-Usted dirá que quiere de mí.
-Como supongo, se habrá enterado de la muerte de Rocío.
Un pequeño grito, ahogado entre sus manos, pretendió engañar al policía pero este con los años de servicio que llevaba, no se dejó engañar por tan burda treta.
-¡Dios mío! No sabía nada…
-¿No le parece un tanto extraño, que su inseparable amiga no le llamara durante tantos días, cuando normalmente solían hablar casi a diario?
-Bueno… cada persona tiene sus problemas. Yo no suelo inmiscuirme donde no me llaman.  
Con aquella respuesta, daba a entender que sabía de los problemas existentes en el matrimonio y de los que no quería hablar.
-De acuerdo. Estaremos en contacto pues posiblemente necesite hacerle algunas otras preguntas.
-Como usted desee inspector.
-Antes de irme una última pregunta… ¿Dónde estaba usted el día 7 de Agosto?-Le pregunto Moisés con la mirada fija en un pantalón vaquero.
-Creo que ese día no salí de casa. Estaba indispuesta por un dolor de cabeza atroz- le respondió Paola ligeramente alterada.
Moisés y Adrián ya en comisaria, comenzaron a unir las piezas del puzle que les llevaría a la detención del homicida.
-¡Queda usted detenida como presunta responsable del asesinato de Rocío y encubridora del asesinato de Pepu!- Le dijo Adrián a la persona que tenía delante de él.
Todo el aplomo de Paola se vino abajo sintiéndose derrotada.
-Usted acudió a la llamada de su amiga, para ocultar el cadáver de Pepu al que asesinó Rocio con veneno. Durante la noche y cuando terminaron de depositar el cuerpo, recibió una llamada por el manos libres del coche, de su amante. Esto originó una pelea en la que usted termino con la vida de Rocio y a la cual llevo al monte, causando el fuego con la intención de borrar todo tipo de huellas. Una revisión del listado de llamadas de su amante Roberto nos llevó hacia usted; el pantalón vaquero con una pequeña quemadura y una huella en la insignia del cuerpo de bomberos encontrada bajo el cuerpo hicieron el resto. Imagino que la insignia fue a parar allí de forma fortuita pero a veces la justicia es Divina.

jueves, 31 de octubre de 2013

                                         LA MUERTE SE CRUZO EN EL CAMINO                                                                                                                                                                                                                                     Las gotas de lluvia comenzaron a poblar el cristal de la ventana mientras miraba absorto el horizonte; su mirada perdida no mostraba más que una inmensa tristeza, mezcla de dolor  y pesadumbre por la última discusión mantenida con su pareja. Había salido de casa bien temprano,  casi huyendo de otra confrontación,  pues al final cada cual optaron por dormir en camas separadas, quedando la disputa en tablas y lamiéndose cada cual sus respectivas heridas pero sin quedar nada en claro. Por la mañana al despertar no se encontraba con suficientes fuerzas para un nuevo cara a cara y se decidió por la solución más sencilla; adelantar la hora de partida. No era cuestión de cobardía lo que le obligaba a salir de casa casi a hurtadillas, era simplemente que notaba como la brecha que los separaba se agrandaba a cada momento. Cuatro horas más tarde se encontraba en un área de servicio, saboreando el segundo café de la mañana y  repasando involuntariamente los hechos acaecidos. La amaba desde el primer momento en que la vio pero la convivencia en común se había vuelto insoportable hasta límites insospechados, un tira y afloja continuo,  por nimiedades  que de no cambiar mucho la situación, desembocaría en una separación que se antojaba tan dolorosa como irremisible                                                                                                                                  Al ser domingo, día festivo para la inmensa mayoría de la gente, la práctica totalidad de los presentes disfrutaba de su familia y entre la algarabía, risas y gritos de pequeños,  se decidió por abandonar el local pues su cabreo no hacía más que crecer por no ser el uno de estos. Nadie le puso una pistola en el pecho al decidir escoger ese  trabajo pero fuera por una crisis galopante, por mala suerte o por el destino, pasaba más días festivos en el camión que en casa, cosa que ahora le había venido bien para escabullirse pero no dejaba de molestarle. Se monto en su vehículo y tomo la autovía en dirección al lugar donde descargaría al día siguiente,  al tiempo que introducía el cd de su grupo  de música favorito y le daba volumen como si con ello pudiera olvidarse de todo. Unos doscientos kilómetros más adelante y ya por una carretera nacional, al tomar una curva se encontró con un coche y una furgoneta accidentados, estando uno en la cuneta derecha y el otro en la izquierda y un camión parado sobre doscientos metros delante de estos con las intermitencias encendidas. Detuvo el camión, puso las luces de emergencia y se dirigió hacia la furgoneta con el corazón totalmente desbocado. Por desgracia había asistido a más de un accidentado y las imágenes que podía encontrarse sabia por experiencia no iban a ser nada agradables pero no podía quedarse de brazos cruzados mientras alguna persona se podía estar debatiendo entre la vida y la muerte. Al acercarse observo que las planchas de hormigón que transportaba, salieron volando literalmente,  por unos anclajes inadecuados para tal mercancía que los corto como si de mantequilla se tratara golpeando con auténtica violencia a los vehículos. Al llegar se encontró con un hombre que gemía de dolor y diciendo palabras ininteligibles. Trato de abrir la puerta pero esta se encontraba abollada y bloqueada por lo que con ayuda de otro compañero que paro detrás de él, tomaron una barra de hierro y forzaron la puerta trasera para poder entrar a socorrer al herido. La cabeza estaba empapada en sangre pero aparentemente se debía a un corte más aparatoso que peligroso para su vida y la pierna derecha estaba doblada en un ángulo que daba a entender que se encontraba rota en algún punto. Moviéndole lo más imprescindible para sacarlo por  si la furgoneta comenzara a arder, quedo allí al compañero y al herido y con rapidez se encamino al coche. La imagen que se encontró allí era dantesca, pues a este la plancha de hormigón de dos cincuenta por cuatro metros le golpeo de lleno, aplastando el techo totalmente y matando a sus cinco ocupantes. Haciendo acopio de valor trato de tomar el pulso a sus ocupantes en el cuello, pues era el sitio más adecuado y el único donde podía hacer tal operación. Sus conocimientos médicos eran tan escasos como los restos de vida que pudiera encontrar entre el amasijo de hierros y chapa en que quedo convertido la preciosa berlina. Bloqueado ante tanta desolación no se dio ni cuenta que un agente de tráfico le estaba preguntando si sabía cómo ocurrió el accidente. Por su cabeza solo pasaban imágenes de la desolación que traería a esas cinco familias  la ineptitud y poca profesionalidad del sujeto que ahora no hacia más que llorar y lamentarse de la catástrofe que había ocasionado. Como arrancándole de un mal sueño, otro agente le obligo a separase de allí, conduciéndole a la furgoneta de atestados donde le tomaría declaración sobre lo que hubiera podido observar al ser el primero en llegar al lugar de los hechos. Aquello se convirtió en cuestión de minutos en un caos de ambulancias, coches de la Guardia Civil, bomberos y  grúas. Una vez retirados de la calzada los restos esparcidos del siniestro, apremiaron a continuar viaje a los que allí se encontraban parados tratando de restablecer el tráfico lo antes posible y en espera de que llegara la autoridad competente para el levantamiento de cadáveres.                                                                                                             Continuo viaje como trasportado en una nube, sin ir prestando realmente atención a lo que le rodeaba y obligándose a parar en el siguiente restaurante que vislumbro donde trato de serenar un poco los nervios. Pensaba en su mujer y en sus hijos, en lo absurdo de una discusión a la que poniendo un poco de cordura se le ponía remedio rápidamente,  en lo fácil que era perder la vida en un segundo …                                                                                                                                                                    -Noélia…Te quiero y jamás te dejare – se dijo mentalmente.                                                                                                                                                                         

viernes, 25 de octubre de 2013

Tiempos pasados

Hoy me vino a la mente el título de uno de los primeros libros que leí “La vida sale al encuentro” de José Luis Martín Vigíl. Es un libro de adolescente pero que en su momento me abrió los ojos a este increíble mundo de la lectura. Bueno, para ser exactos, mi afición comenzó con las novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía, de quien mi abuelo -que en paz descanse- no era un simple aficionado, era un seguidor acérrimo. Este título me hizo (y ahora sí) volver con melancolía la vista a tiempos pasados, a ese televisor en blanco y negro, a la antigua radio que hoy se vende como reliquia en algún sitio, a echar en falta a aquellos que por desgracia no están entre nosotros… La vida sigue y yo también pero cuantas cosas quedamos atrás sin imaginar las sensaciones que nos evocarán en el futuro. La falta de mi madre, es la herida que después de trece años sigue abierta, no es que sea una losa permanente pero cuantos momentos me hubiera gustado compartir con ella y que una desgracia evito que así fuera. Me parece estar con ella en aquel horno donde hacía unos riquísimos dulces, aquellos primeros años de vacaciones viendo el mar por primera vez, aquel primer coche donde tantos viajes hicimos. Es ley de vida seguir adelante y no anclarnos en el pasado, pero también es inevitable pensar en lo que quedamos atrás.

Juventud olvidada

Y los años como fruta madura que cae, va llenando mi viejo saco de piel y huesos, contemplando como esta se apergamina de manera irremisible. Los recuerdos acuden a mi mente, acompañando los sones de canciones olvidadas por unos y desconocidas por otros pero ligadas a mi existencia como una segunda piel. Esa vida que con quince años uno cree eterna, se va desgastando poco a poco y cuando te das cuenta, no es tu vida la que vives, es la de tus hijos tratando de ayudarlos en sus problemas pues la tuya va camino de su ultima etapa. Pero durante unos minutos y merced a esas canciones, tu cuerpo parece recobrar toda su vitalidad y energía, vuelves a bailar aquellos acordes adormecidos en tu memoria, vuelves a ser aquel joven con ganas de comerse el mundo. Un cumulo de recuerdos acuden en tropel y de los que solo pretendes entresacar aquellos que te proporcionaron alegrías y satisfacciones. Bendita juventud que solo se vive una vez, sobrevive, aunque solo sea en mis recuerdos.

Al amor de mi vida

Que difícil, complicado y en ocasiones doloroso es aquello de lo que todos nos creemos maestros. Cuantos matices y aristas llega a encerrar el amor que se siente hacia una persona según el momento y la situación. Se puede pasar de dar la vida por ella a no querer prácticamente ni verla. El destino me reservo mi media naranja, que como yo quizás no sea perfecta pero es el amor de mi vida. El tiempo te enseña a perdonar y ser perdonado si estas siempre dispuesto a luchar por ella porque incluso en los peores momentos de una vida, es la que estará a tu lado. Es mas de media vida la que juntos pasamos, llena de alegrías y sinsabores, luchando codo con codo por sacar esto adelante y solo quiero una cosa .... estar con ella hasta el fin de mis días.

miércoles, 2 de enero de 2013

Sorpresa inesperada.


    La carretera serpenteaba entre bosques absolutamente cerrados, que con la llegada de la noche daban un aire tétrico al lugar por donde esta pasaba. Los potentes faros del coche   parecían dos linternas,  porque la luz proyectada parecía tragársela la gran cantidad de arboles y follaje que le rodeaba. Desde hacía dos horas, Alberto tenía la mirada concentrada en el frente, sin permitirse ni un solo segundo de distracción, en previsión de que algún animal se cruzara en su camino y pudiera provocar un accidente del cual no saliera muy bien parado.                                                                                                                                                                                     
    Por unos minutos su mente se distrajo pensando en la carta recibida días atrás, en la que se requería su presencia en una finca de una población tan pequeña, que incluso le costó trabajo localizarla en los mapas. En la carta se le hacía saber que era partícipe de parte de la herencia de un familiar del cual no tenía constancia y que, según investigo, marchó años atrás a las Américas en busca de fortuna. A este parece ser que ésta le sonrió, consiguiendo reunir un capital bastante considerable que pasó a manos de su viuda, una indiana bastante más joven que éste y que no volvió a casarse tras la muerte de su esposo. Por mucho que intentó buscar y rebuscar  en diversos estamentos oficiales, su búsqueda no fue a más, quedándose en estos simples datos. La acuciante falta de liquidez bancaria era lo que le impulsó a emprender este viaje, sin saber si le reportaría algo a sus vacíos bolsillos. La separación de su exmujer, aparte de traumática, le había sumergido en un auténtico pozo sin fondo a nivel monetario, una autentica sanguijuela que no paraba de sacarle dinero por el más mínimo trabajo que realizara, en su profesión de escritor.
En estos pensamientos andaba, cuando un enorme ciervo salto la carretera unos metros delante del coche, obligándole a realizar un frenazo en seco así como un volantazo  para tratar de esquivar al animal. El resultado fue  que terminó en la cuneta de una carretera solitaria, con las ruedas delanteras dentro de un socavón y el susto en el cuerpo. Durante los siguientes minutos se dedicó a tratar de serenarse y tras bajarse del vehículo y analizar la situación, comprendió que sería imposible sacarlo de allí por sus propios medios. Abrió la puerta trasera de donde cogió una cazadora para abrigarse, pues parecía que la niebla comenzaba a hacer acto de presencia y después recuperó el teléfono móvil que con el pequeño percance termino  al  otro lado del habitáculo. Dispuesto a llamar a la grúa para que le sacara del pequeño atolladero en que se hallaba, se percató de que en aquellos parajes la cobertura del móvil era  nula totalmente, subiéndole un acceso de ira incontrolado por una negligencia suya, se puso a jurar y perjurar despotricando por la mala suerte que por momentos parecía haberle llegado en el momento más inoportuno. Volvió a introducirse en el coche tratando de refugiarse del frío nocturno y tratar de analizar la situación,  para determinar que hacer cuando su mirada se fijo en el G.P.S. que le indicaba que se hallaba a solo tres kilómetros de su punto de destino. Sin pensárselo dos veces, recogió una pequeña bolsa de viaje con el poco equipaje que llevaba y cerrando el coche se encaminó con premura hacia lo que debía ser un chalet, cortijo o lo que demonios fuera, donde estaba citado. Sin más luz que una pequeña linterna y con una niebla que parecía atravesarle hasta el fondo de los huesos, solamente resonaban sus pasos y algún que otro ruido indefinido que le llenaba de intranquilidad por momentos y que a pesar de ser un tipo decidido y de complexión atlética, le llenaba de un cierto temor. Tras quince interminables minutos y tras una curva, una cancela con el nombre de la finca en un cartel situado a su derecha, parecía ser la entrada que andaba buscando. Esta se encontraba abierta y al fondo del camino una pequeña mansión tenuemente iluminada, el destino final al que tanto deseaba llegar.                                                                                                                                        A pesar de la gélida noche, llego empapado en sudor, un sudor frío como el ambiente que allí se respiraba, tan lúgubre como una película de terror  del que parecía sentirse la primera víctima. Un llamador simulando una mano cerrada, daba la sensación de ser  el timbre de la morada y al cual agarrándolo fuertemente, dio dos golpes con decisión. Nada parecía escucharse en el interior a pesar de estar iluminada alguna de las estancias pero tras dos minutos de espera,  el chasquido de una cerradura le confirmó que no se encontraba  solo en el lugar.                        
   -Buenas noches. ¿Qué desea usted?                                                                             
   -Hola buenas  noches. Mi nombre es Alberto Fernández  y venía a….                                     
   -Perdóneme usted  Don Alberto por  no haberle reconocido.                                                   
  El sujeto con cara de muerto viviente que le recibió, no le dejó ni terminar la frase. La faz de este tenía un tono macilento, como si le acabaran de sacar de una tumba.  Sus ojos denotaban una mirada fría y calculadora, como si tratara de adivinar el pensamiento de su interlocutor pero sus gestos por el contrario, trataban de demostrar una calidez falsa por mucho que lo intentara.
   -Pase por favor. La noche no invita a estar a la intemperie por mucho tiempo con esta niebla tan espesa que se presentó.              
    El interior de la vivienda tampoco transmitía mucho calor, con una decoración anclada en el siglo pasado, una pésima iluminación así como un ambiente tan lúgubre como una película de terror. La persona que le recibió de nombre Teófilo, nombre tan poco corriente como su portador, le indicó que le siguiera al piso superior donde le mostro una habitación para que dejara sus enseres. 
   -Disculpe por mi curiosidad… ¿Cómo llegó usted hasta aquí? Se lo pregunto porque ni vi, ni sentí ningún vehículo.
   -Por desgracia sufrí un pequeño percance, una salida de carretera para ser más exactos, a unos tres kilómetros de aquí cuando un ciervo de considerable  tamaño se cruzó en mi camino. Por suerte todo quedo en un simple susto y el coche en un pequeño socavón del que me fue imposible sacarlo.
   -No se preocupe Alberto. Mañana por la mañana me ocuparé personalmente de ello. Ahora si quiere ducharse y descansar un rato, le dejare a solas para que se ponga usted cómodo. En una hora se servirá la cena. El señor de la casa, Don Andrés,  le esperara mientras tanto en la biblioteca,  situada a la derecha de la escalera en la planta baja. Si me disculpa seguiré con mis tareas mientras tanto.
   -Gracias Teófilo.
   Una vez solo inspeccionó la habitación donde se encontraba, amplia y con un ventanal tan  grande que ocupaba casi toda una pared. El baño estaba a los pies de la cama ocupando la otra pared un inmenso armario, todo eso si, con mismo tipo de mobiliario visto en la parte de abajo. Saco la escasa ropa que llevaba en el bolso de viaje,  colgándola de las perchas situadas en el armario y marchándose después hacia el baño con rapidez. El agua caliente parecía llenarle del vigor perdido tras la caminata nocturna, cuando un sonido un tanto peculiar atrajo su atención. Cerró el grifo y presto atención por si volvía a oírlo pero tras un rato de tensa calma pensó que no era más que una mala pasada de su imaginación. Mientras se secaba el cuerpo con rapidez, intentando no quedarse frio, en su cabeza se amontonaban los pensamientos sobre la situación en la que se encontraba. Desde luego, el lugar no se lo recomendaría a ningún amigo. Una sensación continua le acompañaba desde el primer momento en que entró en la vivienda y esta era la de sentirse observado. Aseado y vestido decidió bajar para conocer a su anfitrión, pero al cerrar la puerta de nuevo el sonido que le pareció escuchar  en la ducha le llego a sus oídos, de manera casi imperceptible.
   Tratando de olvidar esta sensación,  se encamino hacia la biblioteca con animo de conocer al dueño de tan extraña morada. Al entrar en esta Andrés hojeaba un volumen de pie junto a la chimenea, de la que partía un agradable calorcillo.
   -Un placer conocerle  Alberto. Ya me comento Teófilo el percance sufrido durante su viaje. Espero que todo quede en una simple anécdota.
   -Igualmente Andrés. Espero que así sea.
   -¿Desea tomar una copa? Con estos fríos quizás un poco de coñac le venga bien.
   -Sí, gracias. Quizás me sirva para entrar en calor.
Durante los siguientes quince minutos se dedicaron a hablar sobre trivialidades de la vida, aunque  Alberto se dio cuenta de que su interlocutor parecía  muy interesado en las  enfermedades que este padeció a lo largo de su vida. Cada vez se sentía mas intrigado por la gente que habitaba este lugar tan apartado de cualquier población.
   -Bueno Alberto; tendrá usted interés en saber el motivo de mi carta y de la parte que le correspondería como heredero de su familiar ¿no?
   -En parte sí, aunque me desveló el secreto por anticipado. Para serle sincero me gustaría saber de que cantidad aproximadamente estaríamos hablando.
   -Pasemos a mi despacho si no le importa, pues allí tengo toda la documentación.
Al levantarse Alberto del sillón en el que estaba sentado, sintió una leve sensación de mareo que atribuyo al coñac, por no estar muy acostumbrado a las bebidas alcohólicas. Marcho tras Andrés al despacho  y se acomodó en un sillón de aspecto bastante cómodo,  dispuesto a escuchar lo que el abogado como representante legal, tenía que comunicarle. 
   -Vayamos por partes Alberto. Como usted sabrá,  solamente el notario tiene la facultad de poder abrir el testamento. Como albacea sí que le puedo comunicar los bienes de que disponía la difunta esposa de su pariente.
   A medida que el albacea  hablaba, un dulce y embriagador sueño  se apoderaba de él, quedándose profundamente dormido ante Andrés sin llegar a ser consciente de ello.
   El albacea tras mirarlo durante unos minutos, se levantó del sillón en el que se hallaba, y tras abrir la puerta del despacho encaminó sus pasos hacia la cocina donde Teófilo aguardaba la llamada de su señor.
   -Es el momento de recoger al huésped y trasladarlo a su nuevo aposento.
   -Ahora mismo señor.
   Teófilo sacó de un armario una carretilla y con rapidez se marcho al despacho de donde recogió a Alberto profundamente dormido. Con mucho trabajo trasladó a éste al sótano sobre su espalda,  donde tenía una cama con grilletes situados  a ambos lados de ésta y  en la pared, justo por encima de la cabeza .Desde lo alto de la escalera Andrés observaba con atención las manipulaciones de su empleado con atención, dándole las indicaciones oportunas para que todo quedara como él quería. Acto seguido dejaron allí a Alberto y se retiraron a la parte de arriba.
    Los parpados le pesaban como losas de cemento, sumido en un aletargamiento del que le costaba salir. Al intentar restregarse los ojos, fue cuando noto que las muñecas estaban sujetas a la cama, impidiéndole cualquier movimiento con los brazos. Lo último que recordaba era estar sentado frente al albacea en un despacho y ahora no sabía donde se encontraba. Un pánico aterrador le entró por todo su cuerpo, a oscuras y atado como un animal listo para el matadero.
   -¿Hay alguien ahí? ¡Por favor ayúdenme!
El silencio y la oscuridad en que se encontraba era lo más parecido a una tumba. Todavía con la cabeza  embotada, intentaba discernir por que estaba allí y en esa situación. Las preguntas se acumulaban en su mente al mismo tiempo que su nerviosismo.
   No sabía el tiempo que llevaba así: dos horas, tres, cuatro… cuando sintió que una puerta se abría en alguna parte de la estancia, entrando alguien y conectando una potente luz que le cegó por momentos. La persona se situó a los pies de la cama esperando a que  recuperara la visión para comenzar a hablarle y explicarle su situación, con una frialdad más propia de un asesino sin escrúpulos que de alguien normal.
   -Se preguntará qué hace aquí; pero solo le diré una cosa. Si usted se porta bien saldrá de aquí con vida, en caso contrario le garantizo que no me importaría absolutamente nada matarle y nadie se preocupará por su paradero.
   -Pero ¿Por qué? ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Quiénes son ustedes realmente? ¿Puede explicarme algo por Dios?
   -Le repito que trate de comportarse bien y no pregunte. En un rato le bajare algo para comer. Le soltare una mano para que pueda manejarse y espero que no trate de jugármela, por que le juro que se arrepentirá.
   Acto seguido Teófilo libero su mano derecha se giró y volvió por donde había venido, quedando la luz encendida.
¿Comida? ¿Cuántas horas había dormido?, pensó durante unos segundos volviendo a envolverle la angustia, cuando se abrió la puerta bajando en esta ocasión los dos siniestros personajes ya conocidos por él. Traían varios platos de comida, una fruta y una jarra con agua.
   -Aquí le dejamos comida. Puede comer con tranquilidad que no tiene nada extraño. Se lo digo por la cara de escepticismo que me esta mostrando ahora mismo.
   -Como usted comprenderá la situación en la que me encuentro, como si de un animal enjaulado y preparado para ser sacrificado, no es lo más normal.
   -De momento está vivo y sin ningún tipo de maltrato. Puede darse por satisfecho.
   Tras esta pequeña y nada esclarecedora conversación, volvieron a dejarle a solas. Comió con desgana dándole vueltas a la situación y si saber el porqué estaba allí y qué querían de él.
   Una hora después aproximadamente  escucho una serie de voces, una disputa o algo parecido. Con los cinco sentidos puestos trató de captar algo de lo que vociferaban entre ellos.
   -¡¡ Es un peligro mantenerlo aquí!! Si nos descubren no saldremos de la cárcel en la puta vida. Lo mejor es liquidarlo y enterrarlo donde está el otro cuerpo.
   -¡¡Tenemos que mantenerlo vivo un par de días o tres más, te guste o no!! Aun están removiendo en Madrid lo del albacea. No creí que el listillo de las narices, nos fuera a dar tantos quebraderos de cabeza.
Las voces se fueron calmando y alejando por lo que no escucho nada más, pero solo con estas  palabras sacó  conclusiones nada  halagüeñas. La primera: “de aquí no saldré con vida si no consigo liberarme como sea” La segunda: “Estos individuos no son quienes dicen ser y  mataron al verdadero albacea ocupando su puesto” y la tercera:” No sé que quieren de mi, para que se atrevan a asesinar a dos personas a sangre fría”.
   Tratando de calmarse inspeccionó el lugar y la forma de liberarse de la atadura que lo mantenía sujeto a la cama. La habitación tenía una  ventana  muy pequeña y tapiada por la que no entraba ni el más mínimo resquicio de luz, por lo demás era muy aséptica, sin más muebles ni ornamentos que un orinal bajo la cama y los platos antes dejados por  sus captores.
    Notó una casi imperceptible vibración en el bolsillo del pantalón, que le llevo a recordar que tenía el móvil. Con mucho trabajo, pues este estaba en el bolsillo contrario de la mano liberada, consiguió hacerse con él, sin muchas esperanzas de poder usarlo por la falta de cobertura. La indicación de ésta mostraba una raya oscilante que aparecía y desaparecía, mostrándose inestable al máximo. Marco el número de la policía una y otra vez sin ningún resultado. Lo mismo intentó con su mejor amigo pero obtuvo el mismo resultado, por lo que no sabía a quien llamar para que le sacaran de allí. Como último recurso  le mando un mensaje a su exmujer o así creía,  pues en  el momento justo de darle a la tecla de mandarlo, Teófilo le arranco el móvil  de las manos ya que se dio cuenta de lo que tramaba y bajando muy sigilosamente para no ser escuchado, con un golpe seco lo estrello contra la pared.
   -¡Maldito cabrón! Esto lo vas a pagar muy caro.
   Le golpeó una y otra vez con precisión en la cara, en el estomago, en las costillas. Atado como estaba poco podía hacer,  no siendo mas que un guiñapo en manos de su captor. Perdió la consciencia en uno de los golpes, pensando que moriría allí mismo.
   -¡Para imbécil!, que lo vas a matar
   -¡Lo pillé intentando llamar con el teléfono móvil! Tú eres el único culpable por no registrarle antes de bajarle aquí.
   -¡Joder destrozaste el teléfono y ahora no sabemos si logró hablar con alguien!
   -Que más da. Lo matamos y lo enterramos. Punto.
   -Necesitamos que firme la documentación y todos los papeles necesarios para poder hacernos con el dinero. Cada día piensas menos. Desátalo y trataremos de curarle esa muñeca. Le quedó desollada y no creo que sea capaz de poder firmar, por lo que ahora la operación se retrasará unos días.
   Andrés se marchó jurando en arameo a buscar medicinas para curar a Alberto. Entre tanto Teófilo se dedicó a desatarlo para tal menester. La verdad era que este después de la paliza, quedó en un estado lamentable, aunque su vida no corriera peligro.
   De lo primero que tuvo noción era que le dolía tanto todo el cuerpo, que no podía ni moverse por mucho que quisiera. Tan solo las piernas parecían haberse librado de ser molidas por el salvaje que le miraba desde la silla, con la misma cara de cadáver que recordaba de su primer encuentro. No esta muy seguro de como tendría la cara pero simplemente con saber que por un ojo no veía y por el otro veía a medias, se la imaginaba
     A pesar de todo, su cabeza parecía seguir funcionando correctamente y lo que le vino a ella, era seguir buscando la manera de escapar de sus captores. Quería aprovechar  su libertad de movimientos con la mano para intentar anular primero a uno y después al otro. Durante el resto del día bajaron  primero uno y después el otro, intentando convencerle para que firmara unos documentos con la advertencia de volver a repetir el castigo nuevamente. Supuestamente llego la noche por que dejaron de visitarlo, se soltó la otra mano y  a pesar del dolor logró llegar a la puerta de la habitación, situándose tras ella armado con un trozo del plato de porcelana  que anteriormente había roto. Sus ojos se cerraban lentamente, cuando escucho unos pasos que se dirigían allí. Armándose de coraje para soportar el dolor que le abrumaba, se colocó en cuclillas tras la puerta con el cuerpo en tensión y una vez abierta esta, sin mirar prácticamente, clavó el precario cuchillo construido a la altura del abdomen. La herida no era mortal pero entre esta y la caída sufrida escaleras abajo por el ataque, Teófilo quedo malherido e inconsciente al final de estas.                                                                                         
   Alberto estaba exhausto por el esfuerzo realizado, pero no podía parar un segundo si quería salir de allí. Comprobó  el estado del delincuente y viendo que no moriría por las heridas, le ató las  muñecas con algunas vendas que habían dejado junto a la cama. Tras unos segundos de resuello, retomo el camino de vuelta hacia lo alto de la escalera con la esperanza de que Andrés no apareciera mientras tanto. La puerta continuaba abierta cuando llego a ella, bañado en sudor por el esfuerzo realizado. Se asomó con precaución, saliendo del cuarto y cerrándola con la llave que seguía puesta en ella. Unos pasos resonaban en la planta de arriba, inquietándolo ante la aparición del supuestamente cerebro de la operación. Miró desesperado un lugar donde esconderse cuando resonó la voz de Andrés.
   -Teófilo ¿Dónde estas?.... ¡¡ Teófilooo!!
   El corazón de Alberto latía a mil por hora, en tensión esperando el momento del encuentro con Andrés. Finalmente decidió esconderse en el hueco situado bajo las escaleras que llevaban a la planta superior, situado a unos tres metros de la puerta que acababa de cerrar.
   -Qué diablos estará haciendo este imbécil…-rezongaba Andrés entre dientes, comenzando a bajar los  escalones.                            
   -¡Abre la puerta Teófilo! Gritó al comprobar que la puerta se encontraba cerrada con llave.
   En este momento Alberto salió con rapidez de su escondrijo, portando como arma una estatuilla de porcelana con la que golpeo al malhechor en la cabeza, quedándolo atontado.  Con la adrenalina a tope, le golpeo nuevamente haciéndose pedazos la figura, al tiempo que la cabeza de Andrés comenzaba a sangrar en abundancia. Como hizo anteriormente con el otro, le ató las muñecas con lo primero que encontró, un trozo de alambre que simulaba ser el tallo de una planta de plástico. Se sentó en el suelo junto al inconsciente, tomándose unos minutos de descanso para recuperar fuerzas y pensar que hacer a continuación. La primera idea que le vino a la mente fue la de ir en busca de la policía pero dado su estado y que no tenia coche, pensó que quizás podría sacarles mas información antes de entregarlos a esta. Se dedico a buscar un baño o la cocina donde poder refrescarse y tomar un trago de agua, ahora que a sus oponentes los tenía controlados.
   -Espero que tengas ganas de hablar Andrés o como te llames de verdad, por que te juro que te matare si no empiezas a “cantar” de inmediato. – La adrenalina seguía en pleno apogeo-. Seguro que nadie os echara de menos. Tu compinche no te puede ayudar si estas pensando en el y tu no paras de sangrar. Responde rápido por que no me importaría dejaros aquí atados.
   -Vale, vale. Es un encargo realizado por teléfono.
   -¿Quién es la persona? ¿Como se llama?
   -No lo se, fue por teléfono y no la vi.
   -¿La? ¿Quieres decir que fue una mujer?
   -Creo que si, aunque,… aunque…-En ese momento Andrés se desmayo nuevamente.
   Alberto pensó que seria mejor curarlo, pues en sus ideas no entraba el asesinato por mucho que intentara ponerse en plan duro. Después de curarle la herida y aprovechando que seguía en los brazos de Morfeo, registro sus bolsillos encontrando un teléfono móvil. Busco las ultimas llamadas sin esperanzas de encontrar nada que le diera alguna pista, llevándose una sorpresa monumental que le dejó noqueado durante unos minutos.
   -¡Despierta Andrés! ¡Despierta de una vez joder! Dime a quien pertenece este número.
   -No se. No recuerdo ahora mismo…. Creo que a la persona que nos encargo el trabajo.-chillo al notar la hoja del cuchillo presionando en su cuello.
    -¿Qué sacabais a cambio del mismo? ¿Cuanto os pagan?
   -Doce mil euros para cada uno.
   -En pie. Levántate y camina delante de mí.
   Acto seguido le llevó al sótano donde le obligo a entrar a punta de cuchillo, cerrando la puerta nuevamente para estar más seguro. El ruido de un coche al llegar a la finca, le puso otra vez en alerta como si de un felino se tratara presto a saltar sobre su victima. Con mucho cuidado se asomo tras las cortinas y si antes se llevó una sorpresa, la de ahora no hizo más que superarlas, por increíble que le pareciera. Se escondió tras la puerta y aguardo a que llamara el nuevo visitante armado con el cuchillo, pensando en como actuar a continuación.
   Llamaron a la puerta y espero diez segundos antes de abrir esta sin dejarse ver e invitando a entrar a la persona al interior, simulando la voz de Andrés. Antes de darse cuenta esta tenía el cuchillo situado en su garganta, mezclándose su indignación, su pánico y como no, su asombro ante el sujeto que le tenía a su merced.
   -¡Quizás no esperaras esto, pero mucho menos me lo imaginaba yo!
   -Espera un momento. ¿Qué significa esto? ¡No entiendo nada!
   -La policía se encargara de aclarar esto, aunque tendremos que esperar a que vengan a sacar del sótano a tus subordinados. Ellos posiblemente estén mas dispuestos a colaborar que tu, si con ello consiguen una reducción en la pena que les imponga el juez por asesinato y secuestro.
   -Te vuelvo a decir que no tengo ni idea de que me hablas. Yo estoy aquí por que  Lorena, tu exmujer, me cito en este lugar con intención de pasar el fin de semana, cosa que me extraño pues yo ni sabia que existía.
   -Es igual Luis. Date la vuelta ahora mismo o te juro que no sales vivo de aquí. Vamos al coche   y no trates de hacerte el valiente.
   Con la tensión dentro del cuerpo se metieron en el coche, situándose Luis al volante y Alberto a su derecha,  sin perderle ni por un segundo de vista. Tomaron el camino en dirección al pueblo más cercano situado a unos cuarenta kilómetros de donde estaban. Durante el trayecto Luis seguía tranquilo y confiado, cosa que extrañaba dadas las circunstancias en que se encontraban, haciendo dudar a Alberto de si estaría  en lo cierto. Una vez en el cuartel de la Guardia  Civil se expuso el caso, quedando ambos bajo custodia hasta aclararse la situación al día siguiente.
    Habían pasado quince días de los hechos ocurridos,  cuando una llamada de su abogado le puso al corriente de la situación.
   -¿Alberto?
   -Si que hay Javier ¿Qué ocurre?
   -Según las investigaciones hasta el momento efectuadas, la persona que invento toda la trama fue tu exmujer, queriendo eliminar a su actual pareja Luis para quedarse con la fortuna que te legó tu familiar.
   -Pero…pero… No puede ser posible. Lorena es ambiciosa,  pero no hasta esos extremos.
   -¿Ni por cien millones de euros?
   -¡¡ ¿Cómo?!!
   -Si Alberto, cien millones de euros. Por ese dinero algunos venderían su alma al diablo.